lunes, 15 de septiembre de 2008
Tu pene
Tu pene es el cetro de mi pasión,
es la cremosa seda que anuda mis dedos.
Tu pene es la gruesa cadena que apresa mis dulces perversiones;
dulces como el oasis que es tu entrepierna.
Tu miembro es mil historias sin fin.
Es mi mejor fuente de inspiración y de excitación.
Tu pene es calor en invierno, frescura en verano
y voluptuosidad rosa en primavera.
Es antorcha en la noche y amanecer.
Yo soy dama, y por tanto tu pene merece ser adorado
cada día del año.
jueves, 11 de septiembre de 2008
Desnudario (Septiembre)
MONÓLOGO PARA SER REPRESENTADO ANTE UNA MUJER MIRANDO.
El actor, vestido con zapatos, vaqueros y camiseta, aparece por un lado de la escena. Se sitúa frente a la mujer.
ACTOR: Ayer, llegué cansado a casa. Había estado trabajando todo el día, en la restauración de las pinturas de una casa señorial. La casa pertenecía a una familia ilustre de la ciudad; ahora, pertenece al Ayuntamiento, al que también pertenezco yo, con la categoría de técnico restaurador... Al menos, hasta que llego a casa, y puedo descalzarme aliviado.
El actor se quita los zapatos.
ACTOR: Mmm... así mucho mejor, más relajado... Hasta ese día, los estucados que había ido descubriendo bajo capas de pintura, eran bellos y previsibles. Composiciones geométricas o vegetales, columnas y capiteles, palabras en latín, valenciano y español. Sin embargo, ayer, en una de las paredes del dormitorio principal, vislumbré un dibujo distinto a los demás. Me quedé sorprendido; era el torso de un hombre, y tenía un lunar en el pecho izquierdo... justo donde lo tengo yo.
Se quita la camiseta, y muestra el lunar.
ACTOR: ¿No me creías, verdad? Es lógico, yo tampoco me lo creía. Decidí proseguir con la pintura más tarde, cuando todos se hubieran ido. Puse los andamios delante de ella, y me dediqué a raspar el techo. A las tres de la tarde, se fueron mis compañeros, y yo, pretextando no poder dejar el techo para el día siguiente, me quedé hasta la noche, con la intención de desvelar la totalidad de la pintura. Hacía mucho calor, y me quité los pantalones, para trabajar más cómodo. Se me llenaron los calzoncillos de pintura, como puedes ver...
Se quita los pantalones, y muestra a la mujer unos calzoncillos sin rastro alguno de pintura.
ACTOR: ¡Oh, los he tenido que lavar, sin duda! No pasa nada; sigamos con la historia. La pintura comenzó a aparecer; era una escena que ocurría en el mismo dormitorio. Me excitó mucho la imagen; tanto que comencé a tocarme... (se toca el sexo) y mis calzoncillos se desprendieron prácticamente ellos solitos de mi pene (se baja los calzoncillos y, finalmente, se los quita).
ACTOR: La escena era curiosa; un hombre, totalmente desnudo, se mostraba a una mujer, que lo miraba sin perder detalle. Estaba empalmado y ella parecía que lo miraba de arriba a abajo, divertida y expectante. No pude evitar masturbarme, imaginando ser ese afortunado hombre, deseando mostrarme ante esa hermosa mujer... (Comienza a masturbarse) Quería sentir sus ojos clavados en mi pene, en el bamboleo de mis testículos, en mis pezones duros y ardientes...
El actor sigue masturbándose, hasta correrse.
FIN.
viernes, 5 de septiembre de 2008
El hombre objeto: escabel
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Escabel
(Quizá del cat. ant. escabell, y este del lat. scabellum).
1. m. Tarima pequeña que se pone delante de la silla para que descansen los pies de quien está sentado.
Entre los usos que pueden obtenerse de un hombre solícito, uno de los más relajados y gozosos es el de escabel. Acompaña normalmente tardes o mañanas ociosas, en la que una gusta de estar leyendo o viendo la tele, inmersa en una dejadez indolente, sin nada más que hacer que dejar pasar las horas.
Por supuesto, la casa tiene que estar limpia y ordenada –sin exceso, no soy una maniática en ese aspecto-, y por ello le prevengo a mi chico que aligere en sus tareas, que lo requiero libre de cargas. Los móviles y demás comunicaciones con el ruidoso exterior han de estar silenciados; en mi mente he colgado el cartelito de “no molestar”. Quiero tranquilidad y disfrutar sin interrupciones de mi poder de reina de los días de mi cariñoso súbdito.
Una vez creadas las condiciones, me siento en el sofá, rodeada de libros, revistas, el mando de la tele y algunas chuches... un zumo o un batido también son complementos bienvenidos ¿Todo listo? Bien, es el momento de llamar a mi mueblecito obediente.
Norma fundamental: tiene que estar desnudo y aún más, sentirse desnudo. Así, cuando pongamos nuestras piernas o pies sobre su espalda, podremos percibir su entrega, su estremecimiento agradecido de ser útil en estos momentos. En ocasiones, puede ser divertido vendarle los ojos y/o atarle el sexo con una larga cinta de raso (que en su extremo, llegue a nuestra mano...), pero no es imprescindible.
No mostremos interés en su erección ni en su cuerpo: para que la transformación en escabel sea perfecta, han de resultarnos sus reacciones y sus encantos transparentes: es un precioso mueble, nada más, y él ha de saber que es así, para que adopte la postura y la paciencia precisa para no moverse en un largo rato. No es momento de excitación, si no de relajación.
Porque colocado en la posición que más nos convenga – normalmente, recogido sobre sí mismo, ofreciendo su espalda como apoyo, o tumbado boca arriba o boca abajo, según nos de el capricho-, tiene que permanecer así justamente el tiempo que precisemos. Es muy importante este punto, pues para un relax sosegado, hemos de olvidarnos de él y concentrarnos en nuestra lectura o en la peli que estemos viendo... Y entonces, de vez en cuando, salimos de nuestra abstracción y somos conscientes de tener a nuestro servicio a un hombre encantador, capaz de muchas cosas por ti, por tu felicidad. El goce se multiplica, y una tarde cualquiera se convierte en una tarde única.
Sonríes, le miras agradecida y vuelves a embeberte en tu placer.
jueves, 4 de septiembre de 2008
La mozuela de Bores
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Mozuela de Bores
allá do la Lama
púsom'en amores.
Cuidé qu'olvidado
Amor me tenía,
como quien s'había
grand tiempo dejado
de tales dolores,
que más que la llama
queman amadores.
Mas vi la fermosa
de buen continente,
la cara placiente,
fresca como rosa,
de tales colores
cual nunca vi dama
nin otra, señores.
Por lo cual: «Señora
-le dije-, en verdad
la vuestra beldad
saldrá desd'agora
dentr'estos alcores,
pues meresce fama
de grandes loores».
Dijo: «Caballero,
tiradvos afuera;
dejad la vaquera
pasar al otero;
ca dos labradores
me piden de Frama,
entrambos pastores».
«Señora, pastor
seré si queredes;
mandarme podedes,
como a servidor;
mayores dulzores
será a mí la brama
que oír ruiseñores».
Así concluimos
el nuestro proceso
sin facer exceso,
e nos avenimos.
E fueron las flores
de cabe Espinama
los encubridores.
Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (1398-1458)



