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domingo, 10 de mayo de 2009

Ropa de invierno/ ropa de verano

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Está entrando el verano. En muchos hogares españoles, se repite la misma tarea: se guarda la ropa de invierno en cajas y trasteros; la ropa de verano, como una promesa segura de luz y color, vuelve a las primeras filas de los armarios.


Una puede elegir entre sentarse y contemplar cómo el hombre se entrega a tan ardua labor, de forma concienzuda y eficaz... o bien descubrirlo todo ya cambiado y en su sitio, al llegar a casa, tras un finde de escapada con las amigas.


Personalmente, prefiero la segunda opción.

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miércoles, 1 de abril de 2009

Turismo

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Yo voy a la cocina para hacer turismo. Me acerco con curiosidad a ese país limpito de ricos olores. Allí viven, en edificios llamados despensas, botes de cereales y legumbres. Las frutas y verduras habitan La Nevera, un blanquísimo palacio de invierno eterno; en las alacenas y cajones, platos, vasos, copas y cubiertos esperan el momento de acompañar manjares y líquidos sabrosos, para luego ser recompensados con una estancia en un balneario que allí llaman lavavajillas.

En este curioso país, hay un habitante que destaca por encima de los demás. Su indumentaria es exótica y diríase que algo desvergonzada, pues consta la mayor parte de las veces de un simple delantal, cuando no está directamente desnudo. Eso sí, tiene una bonita colección de delantales, a la que contribuyo obsequiándole de vez en cuando con alguno cuando le visito.

Tiene costumbres extrañas -aunque provechosas-, que son agradables de contemplar, como verle traer las bolsas de la compra y distribuir su contenido ordenadamente, hacer el desayuno, la merienda y la cena (¡sí, chicas, él lo hace, y además con gusto!), activar el balneario o apretar botones de algo creo que se llama lavadora -¿será porque mediante ella me adora?-, de la que saca la ropa fragante y limpia.

Las pocas veces que viajo a la cocina, el habitante se muestra muy agradecido: suele darme la bienvenida con una poderosa erección, visible por su desnudez o aún más evidente si está imposiblemente disimulada por el delantal. Yo lo toco o lo manoseo a mi antojo, pero procurando que no se despiste de sus quehaceres: no quiero distraerle de su principal y necesaria ocupación, que es cocinar.

¿Qué significa este verbo? Chicas, yo tampoco lo sé. Y es que el idioma del habitante de la cocina está plagado de palabras para mí incomprensibles: batidora, exprimidor, detergente, olla, lavar, licuadora, estropajo, cazuela, fregar... Y sobre todo, cocinar, el verbo fundamental de este habitante.

Sin duda, es un país fascinante, que merece la pena visitar de vez en cuando, para contemplar sus tradiciones, hacer algunas fotos... y luego, volver a nuestro cómodo sofá.

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viernes, 27 de marzo de 2009

Bostezos de placer

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Cuando estudio me aburro muchísimo; el saber tiene un precio muy alto y se cobra su cuota en cómodos bostezos. Es paradójico porque justamente es la doctrina económica enmarcada en mis apuntes la que provoca tales reacciones en mí. Es sábado y hace muy buen tiempo...¡qué menos!


Mi adorador ha pasado toda la mañana fuera atendiendo unos asuntos y después junto con sus amigos, y el sol del mediodía como compañero, ha degustado unas deliciosas tapas en los mejores bares y tascas de nuestra ciudad.

Yo no he podido asistir porque el deber intelectual me llamaba, y, debo reconocer, que, dentro de mí, se revuelve un sentimiento de ligera envidia mezclado con capricho intenso. Es bastante probable que fluya al exterior en forma de dominación.

Mi adorador se digna a aparecer en torno a las seis. Por mi parte, hace media hora que he abandonado a la microeconomía en el escritorio porque no puedo seguir soportando el alineamiento de la tarde.

Lo cierto es, que mi comunicación digital no se corresponde en absoluto con la analógica:

-¡Qué tal cariño?
-Bien
-Uy, uy...que raro ha sonado ese bien...
-No,no...fenomenal...de verdad
-¿Sí? ¿qué tal la economía?
-Bueno, bastante aburrida...casi no he llegado al tema 5.
-¿Parece que no te ha cundido demasiado no?
-¿A ti sí?-respondo con una mirada afilada y brillante como la hoja de un cuchillo.
-A mi sí, hemos estado en...
-Una buena comilona ¿no?
-Sí, y después nos hemos tomado un café...
-...en donde siempre ¿no?
-Si...

(silencio)

-Te he recordado durante todo el día...

Es difícil ablandar el semblante, pero no puedo evitarlo; aunque se de sobra que él lo hace porque sabe que se lo estoy demandando ñññggg...¡hombres!

-Vamos al cuarto.

Enciendo el ordenador y con uno de mis pañuelos vendo sus ojos. Me quito los vaqueros y las bragas y a continuación busco esa página de videos porno amateur que tanto me gusta y distrae.

Ya estoy sentada en la silla, con las piernas apoyadas en el mueble y la pantalla entre mis pies.

-¿Dónde estás?
-Búscame guapito.

A cuatro patas y con las manos identifica la silla y busca mis muslos. Es como un buen gatito: su instinto y sentidos son su mejor amuleto.

La lengua se hunde en mi sexo; que por cierto hace semanas que no depilo porque sencillamente no me apetece nada hacerlo.

Con mi mano empujo su cabeza al interior de mi fuego y la muevo y coloco como más me conviene bajo la batuta de las sugerentes imágenes de los videos.

En esas páginas hay demasiada hegemonía masculina, demasiada sexualidad forjada en un esquema que huele a cerrado. Tarde o temprano, las mujeres abrirán las ventanas para que corra al aire...exactamente como lo hago yo ahora.

Me encuentro especialmente reivindicativa...mi adorador ha estado muy desprendido hoy. Se que forma parte de su identidad y de su personalidad, pero una dama es como es y con eso también tendrá que vivir.

Llega el orgasmo y mis bostezos de placer.

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domingo, 22 de marzo de 2009

Ella mira

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Vivimos en un ático. En el de enfrente, hay un vecino que no tiene cortinas. Además, tiene dos costumbres arraigadas: no baja jamás las persianas y gusta de pasearse desnudo. Probablemente lo hace por estar más cómodo, aunque muchas veces busca, como quien parece que no lo hace, la presencia de mi mujer. Si la ve, muestra su cuerpo con estudiada lentitud, demostrando su agradecimiento con alguna que otra erección. A mi mujer le encanta mirarle: piensa que los hombres han nacido para ser vistos, mirados y admirados.

De este modo, algunas tardes de primavera y ciertas noches de verano transcurren triangularmente, y los ojos de mi mujer, mi lengua arrodillada acentuando su placer y el cuerpo del vecino hacen una perfecta simbiosis: ambos la servimos, ella es complacida y los tres somos felices.
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lunes, 5 de enero de 2009

Lamer

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Lamer es un modo húmedo de amar.

No hay prisas ni relojes en el acto de lamer; si acaso, puede haber urgencia en comenzar, incluso puede darse cierto requerimiento acelerado. Luego –es decir, nada más principiar- el lamedor se concentra, cierra los ojos y abre la boca. Desde este momento, sólo existe el ritmo: más suave o más veloz, más disperso o más intenso. La lengua se entrega al juego de ser certera como una flecha o blanda como una esponja. Traza círculos concéntricos por el pubis, se pasea por los labios, acaricia con la punta el clítoris. El sexo femenino es un universo infinito, tan cambiante como eterno: ese secreto lo conoce –y disfruta- un buen lamedor.

Lamer es ser el mar; acompasar tu ritmo a una cadencia justa, rebosante de tranquila energía. Lamer es saber ser el número necesario de olas para provocar una callada tempestad en nuestra amada, sin esperar más recompensa que hacerla feliz en esos instantes.

Porque lamer es amar.

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lunes, 22 de diciembre de 2008

Clase de hogar (2): la adoración

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La clase se queda pensativa ante la pregunta de la profesora. Ésta taconea impaciente, y eso le recuerda lo bien que le quedan las botas de cuero sintético que le compró su marido. Se cruza de brazos y comienza a pasear por la clase, dejando discurrir a los chicos, inmersa en el rítmico sonido de sus tacones; algún chico se queda absorto mirándola, hinoptizado, contemplando su inalcanzable poder de mujer madura: la promesa del futuro.

- Adorar es un verbo que engloba muchas cosas –acierta a decir uno, que hasta entonces no había hablado, y creo que se tiene que adaptar a lo que la mujer requiera; lo que para unas puede serlo, para otras no, y lo importante es que la mujer esté satisfecha.

- Para mí -dice la chica que está a su lado, es algo muy claro: yo lo encuadraría en servicios íntimos: dar masajes, lavar el pelo, hacer la pedicura y la manicura; debería saber hasta maquillarme, que a veces me da una pereza...

- Ambos habéis dado la respuesta correcta –dice la profesora. El hombre ha de estar pendiente de los deseos de la mujer, es su función primordial, y la mujer tiene que conocer sus propios deseos, profundizar en ellos y desarrollarlos. Para ti, adorarte significa lo que has dicho; para otra mujer, quizás sea llegar a casa y encontrarlo todo limpio y en orden; puede que para una tercera mujer sea que su hombre cuide su cuerpo para que ella disfrute de él... La adoración a la mujer es una copa, que cada mujer llena con la bebida de sus propios deseos.

- Vaya, yo también quiero todo eso –dice la chica. ¿Tú estarías dispuesto?, le pregunta al chico.

- Y a más. Con tal de complacerte, lo que sea.

Un aplauso espontáneo arranca de las chicas de la clase. El chico se pone colorado; los demás, le miran con envidia.

- Entonces, la lista puede ser interminable... –dice otra chica- ¿Hasta qué punto podemos exigir ser adoradas?

- Eso lo marca el sentido común, querida. No se trata de tenerlo todo, si no de tener lo mejor. Dominar es una responsabilidad, aún en el capricho, y tenéis que acostumbraros a ejercer esa potestad con sensatez y naturalidad.

La clase asiente; algunos toman notas. La profesora sonríe satisfecha. Éste parece ser un buen grupo; está deseando que transcurra rápido el primer trimestre y pasar a las prácticas: seguro que van a ser muy interesantes.

(Puedes leer aquí Clase de hogar/1)

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sábado, 29 de noviembre de 2008

Clase de hogar (1): la pirámide de las tareas

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- Chicos, es importante, a la hora del planchado, hacerlo de forma cómoda y en una buena superficie. A la hora de comprar una tabla para planchar, se debe tomar en cuenta que ésta sea regulable, manejable y no muy pesada. Además, hay que fijarse que la funda sea material ignífugo: la seguridad es muy importante.
- ¿Cúal es la mejor plancha?, pregunta interesado uno.
- No nos adelantemos, ya contestaremos a eso después. De todas formas, es agradable comprobar vuestras ansias por saber. El planchado es una faceta fundamental en las tareas domésticas, y un hombre ha de saber hacerlo, como mínimo, a la perfección.

Todos miran a la profesora con atención; estaban deseando empezar este trimestre.

-En el resultado de esa labor influye de modo determinante nuestra supervisión, ¿no?, pregunta una chica.
- Por supuesto. Tan importante es trabajar bien como revisarlo concienzudamente.
- Pero... –dice otra chica, con cierto tono burlón- no será necesario estar todo el día encima del hombre indicándole cómo tiene qué hacerlo y cómo no... Porque si es así, menuda lata.
- Tienes toda la razón; hemos nacido para ser complacidas, no para vigilarlos. Pero eso no quita que aprendamos a distinguir cuando se trabaja bien y cuando no.
- Además –tercia el chico que habló primero, la supervisión de un buen planchado es sencilla: se realiza en el momento de ponerse la ropa.
- Oye, que no es tan fácil. Hay que revisar que no haya arruguitas, que los pliegues estén bien perfilados. ¡Anda que no os pone cuando nos ponemos examinadoras!

Un coro de risas estalla en la clase. La profesora espera hasta que cesa.

- Muy cierto es lo que dices –dice, y aquí se puede ver una de las bases de nuestro poder: a ellos les excita servirnos. Por ello, a veces precisan de estas escenas caseras, en las que subrayamos su adoración y nuestro dominio. Al principio de las prácticas, os parecerán estas revisiones gratuitas, y en cierto sentido, un modo erótico de pagar sus servicios; poco a poco, iréis viendo que no son sólo divertidas, si no también estimulantes y necesarias, tanto para comprobar realmente el trabajo doméstico de nuestro hombre como para afianzaros en vuestra postura. Las mujeres tenemos que aprender a ser lo que siempre fuimos: las diosas vivientes de los hombres.

Ahora hay un murmullo de aprobación en clase. Las chicas sonríen, los chicos se muestran expectantes y excitados.

- ¿Cuándo empezamos las prácticas?, pregunta la chica de antes.
- Al final de este trimestre –responde la profesora, mientras empieza a escribir en la pizarra. Cuando hayamos estudiado en clase la pirámide de las seis tareas domésticas fundamentales:

adorar
cocinar comprar
lavar limpiar planchar

- Evidentemente, estos verbos son de conjugación masculina; las formas pronominales femeninas -ella, nosotras, vosotras y ellas-, no se usan.
- ¿Hay verbos exclusivamente femeninos?, pregunta un chico.
- Así es: ordenar, supervisar y corregir.
- ¿Y comunes a ambos sexos?, interroga otra chica.
- Dos: amarse y disfrutar.
- ¡Qué asignatura tan interesante! exclama convencida.
- ¿Verdad que sí? A ver, ¿alguien podría decirme en que labores podemos subdividir “adorar”?

(sigue en Clase de hogar/2)

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lunes, 10 de noviembre de 2008

Contemplación




Existe el placer de cuidar los pies de una mujer. También está el placer de besarlos y lamerlos. Ambas actividades son un privilegio; quien lo probó, lo sabe.

Más tarde, una vez acabada la labor, ver cómo lucen sus pies -el brillo del esmalte, la tersura de la piel-, es premio inigualable. Porque contemplar es adorar; quien lo hace, lo sabe.

Cuidar y observar: verbos conjugados de rodillas o en cuclillas, acentuando nuestra dedicación.

Ella, mientras, sonríe.

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jueves, 9 de octubre de 2008

El momento de la semana...


Hemos quedado a las 17:30 en el centro de la ciudad; en nuestra cafetería favorita. El olor a sitio conocido, junto con el aroma de viernes, penetran en mi nariz e invaden todos mis sentidos.

Saludo a las camareras, que ya me conocen, y cruzo el hall principal para atravesar un pequeño corredor que me lleva a la parte posterior del local. Allí me espera mi adorador, en nuestro sofá. Él toma un batido tropical, y el chocolateado y siropeado vaso contiguo es el mío. Le saludo y me siento junto a él. Después de un distendido rato de conversación, paga y nos vamos.

En primer lugar vamos a nuestra librería predilecta a hojear unos volúmenes (nos gusta perdernos entre pasillos, estantes, pastas y letras). Mi adorador me pasa la lista confeccionada a ordenador. Encuentro el par que me hace falta y después vamos deteniéndonos, más tranquilamente. Al final, en vez de dos, son cuatro. Él no ha localizado nada de su agrado. Vamos a la caja y paga los libros. Salimos.

Me rodea con su brazo y nos dirigimos a una de las perfumerías que frecuentamos; tiene que comprarle un regalo de cumpleaños a una amiga. Bueno, esa era la trampa, en verdad es para mí. No he tardado en darme cuenta de ese detalle; se ha desvelado en el momento en que ha cogido una de mis favoritas, de hecho casi la que más: “Very Irresistible” de Givenchy. Además, ha habido suerte, porque nos han obsequiado con un precioso neceser y una bolsa para la playa. Bueno...el precio de la colonia si que ha tenido que abonarse, pero de eso se encarga mi adorador.

Acabamos de salir de la perfumería, cuando de pronto topamos con un Woman's Secret. Me mira y con mis ojos apruebo. Un conjunto de tanga y sujetador y unas zapatillas de estar por casa. Todo a su cuenta.

La tarde nos va diciendo adiós con el crepúsculo y noto que mi estómago está ronroneante. Mi adorador...¿o debería escribir mi comprador? me pregunta si me apetece comer algo; yo no tardo en asentir.

La última parada es en nuestra pastelería más predilecta, donde compramos unos pastelillos para llevar y una milhoja para llevármela yo, e írmela comiendo por el camino de regreso a casa... ¡que rica!

-¡Oh!...tengo que pasar por otro sitio antes...un momento, espérame aquí.

Se aleja corriendo, con todas las bolsas enganchadas en ambas manos. Mi amante amerengado y yo, le esperamos. Al cabo de quince minutos, retorna con una bolsita más.

-¿Que has comprado? (saca un botecito de aceite de masaje corporal y lo abre).
-Mhhh...huele a limón.
-Y a lima... ¿te apetece uno íntegro para cuando lleguemos?

Me cuelgo de su cuello como una mona que no va vestida de seda sino de restos de pastelería.

Cuando llegamos a casa, me descalzo y me tiro en el sofá. Él va a colocar todo lo que hemos comprado. Mi ejercicio zappingero es interrumpido por su llamada desde el cuarto. La habitación ya está en ambiente: música chill out, velas aromáticas, toalla en la cama y mi adorador completamente desnudo a un lado esperando.

Me tumbo en la cama y me dejo envolver por sus experimentadas manos. Concilio el sueño en un momento dado, y a la mañana siguiente me despierto tapada y con una piel suave como el algodón. Mi adorador aún permanece a mi lado.

Con una sonrisa vuelvo a adentrarme, poco a poco, en un gustoso agotamiento. El último pensamiento que tengo aún, ha de batallar con Morfeo: el momento de la semana que más me gusta, es sin duda el viernes por la tarde.

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viernes, 5 de septiembre de 2008

El hombre objeto: escabel

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Escabel

(Quizá del cat. ant. escabell, y este del lat. scabellum).

1. m. Tarima pequeña que se pone delante de la silla para que descansen los pies de quien está sentado.

Entre los usos que pueden obtenerse de un hombre solícito, uno de los más relajados y gozosos es el de escabel. Acompaña normalmente tardes o mañanas ociosas, en la que una gusta de estar leyendo o viendo la tele, inmersa en una dejadez indolente, sin nada más que hacer que dejar pasar las horas.

Por supuesto, la casa tiene que estar limpia y ordenada –sin exceso, no soy una maniática en ese aspecto-, y por ello le prevengo a mi chico que aligere en sus tareas, que lo requiero libre de cargas. Los móviles y demás comunicaciones con el ruidoso exterior han de estar silenciados; en mi mente he colgado el cartelito de “no molestar”. Quiero tranquilidad y disfrutar sin interrupciones de mi poder de reina de los días de mi cariñoso súbdito.

Una vez creadas las condiciones, me siento en el sofá, rodeada de libros, revistas, el mando de la tele y algunas chuches... un zumo o un batido también son complementos bienvenidos ¿Todo listo? Bien, es el momento de llamar a mi mueblecito obediente.

Norma fundamental: tiene que estar desnudo y aún más, sentirse desnudo. Así, cuando pongamos nuestras piernas o pies sobre su espalda, podremos percibir su entrega, su estremecimiento agradecido de ser útil en estos momentos. En ocasiones, puede ser divertido vendarle los ojos y/o atarle el sexo con una larga cinta de raso (que en su extremo, llegue a nuestra mano...), pero no es imprescindible.

No mostremos interés en su erección ni en su cuerpo: para que la transformación en escabel sea perfecta, han de resultarnos sus reacciones y sus encantos transparentes: es un precioso mueble, nada más, y él ha de saber que es así, para que adopte la postura y la paciencia precisa para no moverse en un largo rato. No es momento de excitación, si no de relajación.

Porque colocado en la posición que más nos convenga – normalmente, recogido sobre sí mismo, ofreciendo su espalda como apoyo, o tumbado boca arriba o boca abajo, según nos de el capricho-, tiene que permanecer así justamente el tiempo que precisemos. Es muy importante este punto, pues para un relax sosegado, hemos de olvidarnos de él y concentrarnos en nuestra lectura o en la peli que estemos viendo... Y entonces, de vez en cuando, salimos de nuestra abstracción y somos conscientes de tener a nuestro servicio a un hombre encantador, capaz de muchas cosas por ti, por tu felicidad. El goce se multiplica, y una tarde cualquiera se convierte en una tarde única.

Sonríes, le miras agradecida y vuelves a embeberte en tu placer.

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sábado, 23 de agosto de 2008

De mini-vacaciones, órdenes y deseos

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Este fin de semana, mi dama se ha ido a una localidad costera del Levante, a pasar unos días en un apart-hotel con dos amigas. Tanto ella como yo, de vez en cuando, viajamos por nuestra cuenta. Pensamos que en una relación es sano tener cada uno su espacio, y la confianza mutua es fuerte y cómplice.

Cierto es que si yo salgo de viaje he de procurar dejarle hechas varias comidas, y que me esperan al llegar varios turnos de lavadora extra; del mismo modo, cuando es ella la que viaja, soy el encargado de hacerle la maleta, reservar el hotel y cuantas cosas hagan falta en su viaje, además de gozar de algunas tareas extraordinarias, como hacer una limpieza a fondo o pintar el piso: a ella le encanta encontrarse un cambio tras el viaje, y saber que me he ocupado en satisfacerla mientras ella se divierte.

En esta ocasión, no me ha dejado ninguna instrucción en especial; muchas veces es así. A ella no le gusta decir siquiera “hay que limpiar” si no que, cuando lo piense, ya me haya encargado yo de limpiar. Esto no quiere decir que siempre sea de la misma forma: cuando ella desea algo que yo no le ofrezco, simplemente lo pide. Sin distanciamiento, con cariño. Sabedora de que voy a hacer todo lo posible por llevarlo a cabo.

Porque no pensemos que se trata de adivinar sus deseos, ni de adelantarse a ellos: sencillamente, hay que cumplirlos. No importa que salgan de mí o de ella: una relación de dominación femenina se basa en satisfacer a la mujer, no en recibir sus órdenes. Estar todo el día dirigiendo la vida a un hombre es aburrido, recibir su entrega es cómodo, y es el confort de nuestra dama el premio que ansiamos obtener.

Por eso, un adorador que se precie, ha de ser un hombre activo y dispuesto, que parte siempre del principio que, cuantas menos órdenes, mejor. Y sobre todo, hemos de ofrecernos voluntarios, y desde nuestra libertad, ofrecernos; ella ha de ser consciente de nuestro placer en complacerla, que superamos barreras y convencionalismos con el feliz fin de hacerla dichosa, muy dichosa.

Esta forma de pensar hace subir enteros la complacencia de la mujer, a la par que la predispone a subir los niveles de exigencia. Esto es algo totalmente lógico: si ella ve que cumples con tus tareas y obligaciones de un modo natural, te recompensa demandando más compromiso y dedicación por tu parte. Sí, amigo, es la puerta del paraíso.

Poco a poco, va creciendo en ella el gusto por dominarte, por obtener del árbol de tu entrega los frutos de su bienestar... Y siempre quiere un poco más.

Y es que primero, la mujer prueba. Luego, comprueba lo agradable que es, y guía sabiamente tu adoración hacia ella, hasta que la relación de dominación femenina se naturaliza y sus deseos afloran con facilidad. A esas alturas, ya sabes que tu único deseo es amoldarse a los suyos, sin excusas ni retrasos: no recibes órdenes para cumplir, entregas deseos cumplidos.

Atrás quedan las órdenes, es la hora de la lluvia de deseos.

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miércoles, 20 de agosto de 2008

Jugo de verano

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Saboreo con intensidad la última cucharada de mi yogur y me dirijo a la cocina ¿Dónde estará mi adorador?
Me muevo por la casa como una resbaladiza comadreja; le hallo en el cuarto de baño. Me gusta la escena: arrodillado en el suelo y dándome la espalda, intuyo lo que hace. El sonido del agua y el envase de detergente de lavado manual le delatan. Su íntegra desnudez también.

-Hola, tesoro ¿qué haces?
-¡Hola, mi reina! Lavo tu ropa interior.
-Ahá...me gustan mucho los pétalos de hortensias que has puesto en el cajón...
-¿De verdad? Me alegra que te gusten, era momento de cambiar.
-¿Tienes sed?¿quieres que te traiga algo?
-Me apetece algo de naranja... un zumo o un refresco... si fueras tan amable...
-¡Claro que sí!

Regreso a la cocina, cojo una naranja del frutero y un cuchillo, vuelvo al baño.

-Cariño, mañana podías ir a la peluquería y pedirme hora...¡tengo unas raíces ya!
-Claro, mi reina.
-Y después pasarte por el súper y traer yogures. Se han acabado ¿Has pagado la comunidad?
-Hace una semana mi vida.
-¡Dios!-exclamo con un nudo en el estómago mientras mi adorador se detiene momentáneamente en su labor para mirar hacia atrás-¿se ha tomado el perro la desparasitaria de este trimestre? ¡Mira que nos mandó el e-mail la veterinaria!

Sonríe levemente y no por el hecho de que el perro ya haya tomado su pastilla hace cuatro días, sino porque observa cómo troceo en dos mitades la fruta; vuelve a dirigir su atención al barreño y a su contenido.

-Tranquila, mi princesa; está ya hecho.
-¡Uf! menos mal (me bajo los shorts y el tanga para después quitármelos y dejarlos en el suelo).

Levanto la tapa del bidé y pongo el tapón, después abro el grifo para que el agua templada llene el sanitario.

-Cariño ¿podrías prepararme mañana tortitas para el desayuno? hace un par de días que tengo el antojo, pero al final siempre se me olvida decírtelo.
-¿Con nata o con miel?
-¡Mejor con mermelada! Aunque con la mermelada... ¡pegan más los gofres!
-Pues no hay gofres... tendré que bajar luego en un momento antes de que cierren, aunque esto ya está terminado.
-¡Ah! pues si bajas trae ya los yogures... también podías traer un poco más de chocolate, me comí el poquito que quedaba ayer (me siento en el bidé y procedo a asearme mis intimidades).
-De acuerdo, cariño. ¿Quieres tu jabón?
-Oh sí. Gracias, corazón.

Cojo el bote y procedo a enjabonarme la vulva el perineo y el ano. A continuación, retiro con meticulosidad toda la espuma.

-Cariño...
-Dime, reina.
-El zumo está a puntito...

Cojo la mitad de la naranja y me incorporo sin secarme. Mi adorador se aproxima de rodillas hacia mí y con su lengua recoge todas las gotitas de agua que se deslizan por mis gemelos, muslos e ingles. Cuando se aproxima al sexo, le retiro la cara para exprimirle la naranja en su boca.
Repite la operación, bajando hacia el suelo de nuevo y volviendo a subir. Esta vez, cuando llega a la entrepierna, me doy la vuelta para que, desde delante y hacia atrás, seque mi perineo y mis nalgas.
Levanto mi brazo en el aire con la otra mitad en la mano. Me ve y se separa de mi cuerpo, abriendo su boca. Vuelvo a apretar la fruta y algunas gotitas caen en su boca; otras en su torso y otras en el frío suelo.

-Bueno cariño, si quieres más, ve a la nevera... aunque creo que no hay. Igual tienes que comprar ahora cuando bajes.
-Sí... sí, mi reina.

Le doy un beso en los labios, le acaricio el pelo y me voy al salón. Ya desde allí, y con el libro abierto recuerdo y grito: ¡Tesoro, compra también unas latas de atún! ¡Y por favor, coge mi ropa del suelo y métela a lavar!

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miércoles, 6 de agosto de 2008

Consejos para el lavado de la ropa delicada

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Son las prendas más envidiadas y adorables del universo, ya que no sólo están en permanente contacto con sus encantos; también contribuyen a su bienestar y confort más íntimo. Por ello, lavar la ropa interior de nuestra dama es un privilegio inmenso y precisa de una serie de atenciones especiales, que nos dan la oportunidad de demostrar nuestro cariño y entrega.

Para mí, es una excitante ceremonia de adoración. Suelo hacerlo de rodillas, desnudo, entregado en cuerpo y alma a mi labor. Y es que tener y mantener la ropa interior femenina en perfecto estado es una deliciosa obligación del hombre, a la que ha de concederse la máxima importancia ¿Cómo hay que proceder para que nuestro objetivo se cumpla?

En primer lugar, hemos de olvidarnos de la lavadora. La gran mayoría de la ropa interior es delicada: los aros de los sujetadores se pueden estropear, las bragas y braguitas padecen un desgaste innecesario, los encajes sufren, las delgadas tiritas de los tangas se deforman y la elasticidad y la suavidad de las prendas va desapareciendo paulatinamente. Nuestra única y agradable opción es el lavado a mano.

Respecto a las restantes prendas, es aconsejable consultar la etiqueta del fabricante, donde suelen indicar el tipo de lavado adecuado, pero, en caso de duda, usad vuestras manos. Los bikinis y los bañadores, las medias, y por supuesto, cualquier blusa o pantalón que sea especialmente delicada, hemos de incluirlos sin dudar en nuestra lista de lavado a mano.

Para ello, adquiriremos en la tienda detergentes líquidos ideados para lavar a mano (Woolite, Norit), e incluso los más mañosos pueden fabricar un jabón suave, al que añadiremos una fragancia del gusto de nuestra dama. Lavaremos cada prenda por separado, sin mezclarla jamás con ropa de otros colores. Con mucho cuidado y siempre dentro del agua, la frotaremos suavemente con nuestros dedos; nunca frotes entre sí las partes de la prenda, y menos contra una superficie dura. Finalmente, asegúrate de que no queda en ella rastro de jabón y procede a su aclarado -nunca a su remojo-, con el grifo de agua abierto. Con precisión y tacto, las colgaremos a secar, cuidando siempre de no colocar las pinzas en sitios que después pueden quedarse marcados por las mismas. Tras haber tendido las prendas, aplicaremos una crema a nuestras manos. No olvidad que ellas son las encargadas de dar masajes, y han de estar suaves y hidratadas ;-)

Finalmente, una vez secas, las doblaremos y guardaremos con mimo y orden en los cajoncitos del armario o de la mesita de noche acondicionados al efecto. Podemos forrarlos con papel de seda, y añadir flores secas con alguna fragancia, siempre muy suave. Esta fragancia la podemos cambiar en cada estación del año.

Podéis solicitarle el privilegio de ponérsela cuando se vista. Hacedlo sin rozarle siquiera la piel, no hagáis de una oportunidad de adorarla una excusa para un toqueteo fugaz: es vuestra diosa, y como tal tenéis que tratarla. Contened vuestros impulsos y seréis hombres felices y mejores servidores.

Tampoco estaría mal que de vuestro presupuesto salga siempre el gasto que conlleva comprar ropa interior. Es muy estimulante adquirir prendas que luego enmarcarán los encantos de nuestra dama y nos hará prestar atención a sus gustos en colores y formas.

Espero que estos consejos os sean de ayuda para poblar de sonrisas los rostros agradecidos de vuestras diosas. Ellas se lo merecen.

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sábado, 26 de julio de 2008

La playa

o


Abro los ojos; me despierta la suave brisa de la tarde, que juguetea con un calor templado. Miro al frente y diviso la montaña, detrás mía el mar Mediterráneo. A mi lado, unos ojos que batallan entre el marrón y el verde me lanzan una flecha interrogativa. Mi adormecimiento es suficiente respuesta.


Se incorpora para estirar las piernas y yo me doy la vuelta, colocándome boca-arriba (soy de lento despertar y necesito mi tiempo para volver a tomar contacto con la realidad). Observo su cuerpo: bronceado y torneado. Nunca me han gustado los dioses musculados, prefiero a los hombres de verdad que cuidan su figura: son tan morbosamente diferentes y reales...

El cíclope que vive entre sus ingles no me pierde de vista desde arriba: grande, calvo y con su único ojo.

Al igual que él, yo también soy una mujer real. Real y mortal. Tan mortal que de hecho parece que estoy muerta: demasiado blanquita.

Pero no es, nada más y nada menos, que otro de mis caprichos: el moreno le sienta de vicio y me gusta que vaya a la playa para adquirirlo. Yo puedo permitirme estar como me de la gana:

- Deberías volverte a dar crema. Ya no estamos en horario de riesgo, pero ya sabes que tienes la piel muy delicada...

Coge de la bolsa el bote de nivel de protección infinita y me lo aplica por el cuerpo. La playa nos relaja muchísimo, pero se trata de mi cuerpo desnudo acariciando sus manos y eso el pene lo nota.

- Coge un poco de hielo (le digo).

De la nevera saca un cubito y me lo da. Lo paso por sus formados brazos y sus arrodillados muslos. Lo dejo en su sexo, dónde se va derritiendo poco a poco. Somos dos olvidados vasos de horchata y café con hielo en medio de la arena.

- ¿Nos bañamos? (le sugiero).
- Vale.

Me ayuda a levantarme y de la mano nos dirigimos al agua, aunque el agua ha llegado antes a él: va dejando el rastro de gotitas tras de sí. Así, no notará la reacción con el agua fría cuando lleguemos a la orilla.

Siempre me preocupo de mi adorador.

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viernes, 11 de julio de 2008

A mis pies

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¡Qué despreciable!¡qué asco de vida!¡lo que hay que aguantar!¡si no fuera porque lo necesito, iba yo a soportar todo esto!... Son las típicas expresiones, que una suele gritar a los cuatro vientos mentalmente cuando ha tenido un mal día.


Los días categorizados como malos o patéticos, son los más apropiados para proyectar nuestros deseos de despotrique hacia los seres que más queremos. Nos ciega la rabia y la impotencia y por tanto pecamos de monstruosidad femenina.

En esos días, es cuando más agradezco tener a mi adorador; la mala leche por las nubes y la autoestima por los suelos. Para más inri, el buzón está lleno de facturas sin pagar.

Al cruzar la puerta, mi domicilio deja de ser tal, para convertirse en mi paraíso-morada.

Entro ardiendo; desprendiendo llamas y cenizas. Poco a poco, el frescor de la menta y la fragancia de los pétalos de rosas me calma y serena.

Él aparece ataviado con unos vaqueros viejos pero que le sientan al dedillo; ya se sabe lo que pasa con esas prendas milenarias, que uno guarda en el armario porque son como una segunda piel o porque son la mejor fotografía de momentos especiales...como el que se avecina.

No me pregunta nada. Sus ojos pardos se limitan a escudriñarme como si fueran los de un ávido felino y me indica con los brazos que pase a la habitación.

El escenario no podría ser más tentador: velas aromáticas y luz tenue; en el suelo un barreño lleno de agua templada y rodajas de limón. De pronto, Erik Satie comienza a susurrarme sus Gimnopédies al oído. Cierro los ojos. Al instante, unas manos me agarran de los hombros y suavemente me invitan a que me siente en la cama: lo hago.

Me descalza con cuidado, como si mis pies fueran de porcelana china. Los introduce en el barreño.

Escucho como se va y regresa. Siento un apetitoso olor; abro los ojos: trozos de queso provolone con paté fundido; mis pies salen del agua. Degusto las sabrosas piezas en mi boca, mientras mi adorador corta y lima mis uñas. Después pone en mi piel crema hidratante y me regala un masaje tan exquisito como el queso.

Ahora coloca unas almohadillas entre mis dedos; siento como el olor de la laca de uñas se mezcla con el del paté.

Mis pies han quedado relajados y estéticamente perfectos. Parezco una mujer nueva, renovada. Siento unas ganas tremendas de darle las gracias... a mi manera.

- Desabrocha el botón y baja la cremallera...

Descubro divertida, que debajo de la tela vaquera no hay ninguna otra de algodón, sino de vello y cuerpos cavernosos henchidos.

Abrazo su sexo con mis pies y comienzo a masturbarle. Disfruto de su pene tanto como de la sesión de masaje: lo acaricio con las plantas, lo repaso con mis dedos, lo estrujo suavemente...una cascada de maravillosas y perversas sensaciones. Tan perversas como los gestos de mi cara ahora: me muerdo los labios, entrecierro mis ojos...

- Voy a correrme...

Retiro rápidamente mis pies. Estoy agradecida, pero no tanto como para que me estropee la pedicura. Ahí está; justo como le quiero tener: a mis pies, sentado en el suelo a medio desvestir y con los vaqueros manchados de semen.

Justo como le quiero tener: complacido de complacerme.

La habitación huele a excitación y a plenitud...y a menta y pétalos de rosas.

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jueves, 10 de julio de 2008

Amor plato-nico

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¡Quién iba a decirme que una montaña de platos sucios y espuma podían ser excitantes!

Mujer, de vez en cuando, prohíbe a tu chico usar el lavavajillas. Además de ser una sana variación de la costumbre, es una forma divertida de recordarle que la comodidad es tu privilegio, a la par que da pie a distendidas conversaciones en la cocina; él friega y tú lees una revista... ¿haciéndole más caso a la revista que a tu chico? Bueno, si el artículo es interesante, porqué no.

Hombre, la cocina, el estropajo y el lavavajillas son juguetes masculinos: regálatelos todos los días.

Si quieres complacer a tu dama, piensa menos en el sexo oral y practica más el sexo fregal.


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viernes, 4 de julio de 2008

De lazos y collares

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En nuestra relación, los símbolos tienen importancia.


Nos gusta que vayan surgiendo, de modo espontáneamente calculado. Los hay de muchos tipos y, en particular, nos atraen los símbolos complementarios, que dicen mucho sin gritar nada.

Un ejemplo sería el binomio vestida/desnudo–desnuda/vestido. En casa, ella va como le apetece -que suele ser vestida-, y yo voy como ella quiere, que suele ser desnudo o con los bóxers nada más. Ella disfruta de mi cuerpo, y yo disfruto de ofrecérselo... y de adivinar cómo es el suyo.

En cambio, en la calle, a ella le gusta a veces ir sin ropa interior, y si surge la ocasión, exhibirse. Yo tengo expresamente prohibido mostrar mis encantos. Su cuerpo le pertenece, y se lo puede enseñar a quien le plazca; el mío también le pertenece, y sólo ella puede gozar de él.

También podríamos hablar de cuando ella se tumba en el sofá mientras yo hago las tareas domésticas, o sobre su sexo velludo y mi sexo depilado. Estos símbolos van marcando que su placer y comodidad son lo primero, que así lo hemos acordado y en esa línea seguimos avanzando: cada símbolo que se agrega, afianza su dominación y mi entrega.

En los regalos que nos hacemos, también experimentamos la simbología de la complicidad. Me encanta hacerle regalos, de todo tipo. A ella, por supuesto, le encanta recibirlos. Ella también me obsequia -con certero gusto y criterio-, si bien muestra una encantadora tendencia a dejarse agasajar: mi prodigalidad la encuentra deliciosa.

Entre los regalos que suelo hacerle, acostumbro a regalarle pendientes, collares y demás piezas de bisutería y joyería, que ella luce satisfecha. Hace poco, le regalé unos pendientes de ámbar y una gargantilla de plata; ella me correspondió con una tira de delgado raso rojo -que además, le salió gratis en la mercería-, cuya función es circundar mi pene, concluyendo en un lacito rojo.

Por tiempo indefinido, he de llevar el pene enlazado, como un regalo perenne, durante todo el día. A ella le divierte mucho verlo así, a la par que manifiesta el control que tiene sobre él. Puede hacer con él lo que guste: denegarle la eyaculación, estrujarlo, embadurnarlo de helado, o ponerle un lacito.

Y así, ella va engalanada por fuera con los presentes de su adorador, y yo voy enlazado por dentro con el capricho de mi dama.

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lunes, 23 de junio de 2008

Tender y entender

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Cuando el cierre de seguridad hace ¡clic! comienza la función; ya ha acabado el programa de lavado. Entonces, me pongo en funcionamiento.

Abro la compuerta, y del tambor viene la fragancia de las cosas renovadas. Con aprendida soltura, la deposito en una cuba de plástico. Limpia y cansada, la ropa se deja hacer; ha estado dando vueltas mientras era lavada, y ahora la ropa desea descansar, contarse chismes y juguetear tendida en la cuerda. Las camisetas bromean con los calcetines, los pantalones viejos aconsejan a los nuevos cómo evitar las manchas, y la ropa interior se deja galantear por blusas y camisas.

(Ella está tumbada en el sofá, leyendo un zumo de naranja y bebiéndose un libro).

Antes de abrir la ventana de la galería, disimulo mi desnudez de verano con el delantal de tender; es una prenda que me cubre por delante y por detrás, lo justo para que parezca que estoy vestido. Las mujeres que se asoman a la galería me miran con una suerte de admiración indiferente: les gusta ver a un hombre tendiendo siempre la ropa, y además, en delantal. Los hombres que tienden la ropa me observan con envidia; les encantaría estar en mi lugar, pero aún no se atreven a ser felices.


(Me pide unos pistachos. Se los descascaro y se los llevo. Me mira y sabe lo que estoy haciendo; sin decirme nada, sonríe y me da un beso. Luego se enfrasca en la lectura y los pistachos).

Tender es un arte. Has de entender la textura de cada prenda, el lugar dónde puedes ponerle la pinza y estirarla sin daño ni tensión excesiva. Los novatos en estas lides ponen muchas pinzas, los expertos gustamos de poner las exactas, que siempre son pocas.

El orden también importa; primero las más pesadas, luego las más ligeras. Así mismo, es un ejercicio de solidaridad vecinal, ya que si ves una cuerda por debajo de la tuya con ropa seca, esperas a tender la tuya. Por eso mismo, cuando tu ropa está seca, cuando ya ha bailado con el viento hasta hacerse de nuevo merecedora de vestir a tu dama, has de retirarla con prontitud: el aire es de todos.


Hoy he tendido un juego de sábanas, servilletas y ropa blanca, que ahora está blanquísima. Cierro la ventana y me quito el delantal. Vuelvo a estar desnudo y -esta vez sin paréntesis- vuelvo al salón, donde me siento en el sofá. Ella pone los pies sobre mis piernas, y los principio a acariciar, mientras retomo la lectura de un libro y disfruto de otra deliciosa tarde de verano.

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jueves, 19 de junio de 2008

Toda mujer necesita de sus golosinas

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Soy muy golosa. Me encantan el chocolate y los bizcochos; pierdo la razón por las cremas y hojaldres. Mi adorador lo sabe de sobra. Viene del supermercado, se asoma con aire burlón a la puerta del dormitorio, y me enseña el helado que ha comprado.


Es de café capuchino... ¡riquísimo!: ya sabe lo que tiene que hacer. Se desnuda, se coloca de rodillas encima de la cama y abre el envase.



Me sitúo cómodamente a su lado; hunde su poderoso miembro en la helada materia. Observo como el escalofrío invade su cuerpo y su piel se torna agallinada. Me río. Dirige su pene cargado del apetitoso manjar a mi boca: mmhh... ¡exquisito!

¿Por qué utilizar una cuchara y sentarme a la mesa, cuando puedo disfrutar de tantos placeres en uno? Como hasta saciarme; tranquilamente, pues si yo no tengo prisas, nadie las tiene. Cuando mi estómago me da la señal, le indico que pare.

¿No os apetece masturbaros después de comer? ¡A mí después de la merienda me encanta! Se lo comento a mi adorador, y acto seguido va al cuarto de baño. No le estoy viendo pero puedo intuir lo que hace: lava su azucarado pene con agua y jabón y coge un bote de aceite de masaje.

Vuelve al cuarto, me entrega el bote y se coloca a cuatro patas en el suelo... ¡Mi lindo gatito! Unto el aceite por su espalda hasta que la piel lo absorbe bien, y me monto a horcajadas; inicio mi masturbación, restregándome contra él ¡Que bien lubricadito está!... es maravilloso. Poco a poco, mi placer aumenta e imprimo el ritmo. Al final, el orgasmo me destroza; quedo extasiada.

Mi adorador se levanta y retira las sabanas. Yo me introduzco dentro y me tapa. Me quedo dormida como un lirón y él regresa a la cocina.

¡Después de masturbarme me entra un sueño!

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viernes, 13 de junio de 2008

El hombre-plancha

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DE VIENTRE LISO Y BRAZOS BIEN TORNEADOS, el hombre-plancha gusta del vapor y el calor, y se desenvuelve a la perfección en cuartos de plancha y tardes de domingo. Se alimenta de ropa recién lavada y bebe agua destilada (a veces, ligeramente perfumada), y su dieta básica consiste en camisas, camisetas y pantalones, celebrando como un festín el planchado de trajes y ropa delicada.

Esta especie tiene su hábitat en territorios donde la hembra ejerce su poder; así, el hombre-plancha, precisa aparearse con una mujer-dominante, ya que su instinto complacedor y su sentido de la adoración le impulsan a buscar entre las hembras de su ecosistema aquellas más dispuestas a dar órdenes y recibir privilegios.

Investigaciones de campo aún no han podido determinar si es el hombre-plancha quien selecciona a la mujer u ocurre al revés; en todo caso, sus rituales de cortejo consisten en una prueba que la mujer-dominante le pone para que acredite la sinceridad de sus intenciones, de resultas que, cuanto más severa y caprichosa se muestre en el cortejo la mujer-dominante, más pronto y decididamente se ofrece el hombre-plancha.

La mujer-dominante suele estar presente durante el planchado, a veces contemplándolo como un relajante espectáculo, otras de forma despreocupada, mientras lee un libro u hojea una revista. Hay ocasiones en que la mujer-dominante se adormece en el fragante olor de la ropa, llevándole el psss psss psss intermitente del vapor de la plancha a un dulce y nebuloso sopor. Otras veces, la mujer-dominante prefiere realizar actividades fuera del hogar durante el planchado, añadiendo de este modo una secreta complacencia a tomarse un café con los amigas, ir de compras o ver una película.

Pero no todo es diversión en la vida de la mujer-dominante: ha de supervisar el trabajo del hombre-plancha, y mostrarse inflexible con las arrugas o descontenta con el ritmo de planchado. Un hombre-plancha precisa de autoridad y justamente por eso -consciente o inconscientemente- la pone a prueba, rebelándose. En tal caso, la mujer-dominante se ve compelida a imponer correctivos, proporcionados a la falta cometida: el planchado de la totalidad de la colada –sábanas y trapos de cocina incluidos-, planchar la ropa de las amigas o aplicar un número de azotes ajustados a las arrugas encontradas, harán de su hombre-plancha un servidor más eficiente y agradecido, y por ello mismo, inmensamente dichoso.






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