lunes, 22 de diciembre de 2008

Clase de hogar (2): la adoración

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La clase se queda pensativa ante la pregunta de la profesora. Ésta taconea impaciente, y eso le recuerda lo bien que le quedan las botas de cuero sintético que le compró su marido. Se cruza de brazos y comienza a pasear por la clase, dejando discurrir a los chicos, inmersa en el rítmico sonido de sus tacones; algún chico se queda absorto mirándola, hinoptizado, contemplando su inalcanzable poder de mujer madura: la promesa del futuro.

- Adorar es un verbo que engloba muchas cosas –acierta a decir uno, que hasta entonces no había hablado, y creo que se tiene que adaptar a lo que la mujer requiera; lo que para unas puede serlo, para otras no, y lo importante es que la mujer esté satisfecha.

- Para mí -dice la chica que está a su lado, es algo muy claro: yo lo encuadraría en servicios íntimos: dar masajes, lavar el pelo, hacer la pedicura y la manicura; debería saber hasta maquillarme, que a veces me da una pereza...

- Ambos habéis dado la respuesta correcta –dice la profesora. El hombre ha de estar pendiente de los deseos de la mujer, es su función primordial, y la mujer tiene que conocer sus propios deseos, profundizar en ellos y desarrollarlos. Para ti, adorarte significa lo que has dicho; para otra mujer, quizás sea llegar a casa y encontrarlo todo limpio y en orden; puede que para una tercera mujer sea que su hombre cuide su cuerpo para que ella disfrute de él... La adoración a la mujer es una copa, que cada mujer llena con la bebida de sus propios deseos.

- Vaya, yo también quiero todo eso –dice la chica. ¿Tú estarías dispuesto?, le pregunta al chico.

- Y a más. Con tal de complacerte, lo que sea.

Un aplauso espontáneo arranca de las chicas de la clase. El chico se pone colorado; los demás, le miran con envidia.

- Entonces, la lista puede ser interminable... –dice otra chica- ¿Hasta qué punto podemos exigir ser adoradas?

- Eso lo marca el sentido común, querida. No se trata de tenerlo todo, si no de tener lo mejor. Dominar es una responsabilidad, aún en el capricho, y tenéis que acostumbraros a ejercer esa potestad con sensatez y naturalidad.

La clase asiente; algunos toman notas. La profesora sonríe satisfecha. Éste parece ser un buen grupo; está deseando que transcurra rápido el primer trimestre y pasar a las prácticas: seguro que van a ser muy interesantes.

(Puedes leer aquí Clase de hogar/1)

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jueves, 18 de diciembre de 2008

Dulces deberes

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Ante su amada, un amante ha de mostrarse también versado en todo, moderado y ordenado en sus costumbres y en manera alguna ha de herir su ánimo con acciones inoportunas. Tiene obligación también de atender a las necesidades de su amada, compartiendo sus sufrimientos y cumpliendo sus justos deseos. Y aun cuando su deseo sea menos justo, también ha de estar dispuesto a satisfacerlo, no sin antes advertirla sobre esto. Y si, inadvertidamente, ha hecho algo inconveniente que moleste a su dama, lleno de vergüenza, confesará haber obrado mal y se excusará de haber provocado su ira o presentará alguna otra razón que pueda justificar su acción.

Libro del amor cortés, “Cómo conservar el amor ya conseguido”.
Andreas Capellanus, siglo XII.

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jueves, 11 de diciembre de 2008

Nuevo medicamento

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DESNUDO 20 cm ®
vía visual.

COMPOSICIÓN: Hombre desnudo, sin ningún excipiente.

PROPIEDADES: Acción estimulante y excitante del sentido de la vista, seguida de goce general y disfrute sexual.

INDICACIONES: Sesiones fotográficas y/o videográficas, realización de labores domésticas, pedicura, masajes, viajes de placer, placeres sin tener que viajar, fines de semana y lunes, martes, miércoles, jueves y viernes.

POSOLOGÍA: Cuando, cómo y dónde se desee.

INSTRUCCIONES DE ABUSO: Usar y abusar preferentemente vestida, para remarcar su desnudez. Puede acompañarse de helados, bombones y/o cualquier golosina que se considere oportuna.

Lab-oratorios Voyeur, France.
Producto homologado por la Œ.

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jueves, 4 de diciembre de 2008

Pacto

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Ella le pedía cosas; el las hacía. Él hubiera preferido que se las ordenara, pero ella era muy desordenada (hasta para eso). Finalmente, llegaron a un acuerdo: ella deseaba y él la satisfacía; a veces, adivinando sus pensamientos, otras, atendiendo sus propuestas.
Ahora, ella manda más y él obedece mucho más.

Desde entonces, los dos disfrutan.

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sábado, 29 de noviembre de 2008

Clase de hogar (1): la pirámide de las tareas

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- Chicos, es importante, a la hora del planchado, hacerlo de forma cómoda y en una buena superficie. A la hora de comprar una tabla para planchar, se debe tomar en cuenta que ésta sea regulable, manejable y no muy pesada. Además, hay que fijarse que la funda sea material ignífugo: la seguridad es muy importante.
- ¿Cúal es la mejor plancha?, pregunta interesado uno.
- No nos adelantemos, ya contestaremos a eso después. De todas formas, es agradable comprobar vuestras ansias por saber. El planchado es una faceta fundamental en las tareas domésticas, y un hombre ha de saber hacerlo, como mínimo, a la perfección.

Todos miran a la profesora con atención; estaban deseando empezar este trimestre.

-En el resultado de esa labor influye de modo determinante nuestra supervisión, ¿no?, pregunta una chica.
- Por supuesto. Tan importante es trabajar bien como revisarlo concienzudamente.
- Pero... –dice otra chica, con cierto tono burlón- no será necesario estar todo el día encima del hombre indicándole cómo tiene qué hacerlo y cómo no... Porque si es así, menuda lata.
- Tienes toda la razón; hemos nacido para ser complacidas, no para vigilarlos. Pero eso no quita que aprendamos a distinguir cuando se trabaja bien y cuando no.
- Además –tercia el chico que habló primero, la supervisión de un buen planchado es sencilla: se realiza en el momento de ponerse la ropa.
- Oye, que no es tan fácil. Hay que revisar que no haya arruguitas, que los pliegues estén bien perfilados. ¡Anda que no os pone cuando nos ponemos examinadoras!

Un coro de risas estalla en la clase. La profesora espera hasta que cesa.

- Muy cierto es lo que dices –dice, y aquí se puede ver una de las bases de nuestro poder: a ellos les excita servirnos. Por ello, a veces precisan de estas escenas caseras, en las que subrayamos su adoración y nuestro dominio. Al principio de las prácticas, os parecerán estas revisiones gratuitas, y en cierto sentido, un modo erótico de pagar sus servicios; poco a poco, iréis viendo que no son sólo divertidas, si no también estimulantes y necesarias, tanto para comprobar realmente el trabajo doméstico de nuestro hombre como para afianzaros en vuestra postura. Las mujeres tenemos que aprender a ser lo que siempre fuimos: las diosas vivientes de los hombres.

Ahora hay un murmullo de aprobación en clase. Las chicas sonríen, los chicos se muestran expectantes y excitados.

- ¿Cuándo empezamos las prácticas?, pregunta la chica de antes.
- Al final de este trimestre –responde la profesora, mientras empieza a escribir en la pizarra. Cuando hayamos estudiado en clase la pirámide de las seis tareas domésticas fundamentales:

adorar
cocinar comprar
lavar limpiar planchar

- Evidentemente, estos verbos son de conjugación masculina; las formas pronominales femeninas -ella, nosotras, vosotras y ellas-, no se usan.
- ¿Hay verbos exclusivamente femeninos?, pregunta un chico.
- Así es: ordenar, supervisar y corregir.
- ¿Y comunes a ambos sexos?, interroga otra chica.
- Dos: amarse y disfrutar.
- ¡Qué asignatura tan interesante! exclama convencida.
- ¿Verdad que sí? A ver, ¿alguien podría decirme en que labores podemos subdividir “adorar”?

(sigue en Clase de hogar/2)

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miércoles, 26 de noviembre de 2008

Lacística: lazo violeta

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El tiempo puede pasar muy despacio bajo la influencia del color morado: lenta y gustosamente.

¿Por qué elegí este color para simbolizar la abstinencia? Cuando se ve a curas, obispos, cardenales y demás representantes de la iglesia católica vestidos con sus túnicas, siempre se puede vislumbrar algún rastro purpúreo en ellas.

Son varias las creencias religiosas que pregonan la abstinencia como característica fundamental de un buen fiel y la católica es una de ellas.

Si sumo un adorador casto a una dama viciosilla y sedienta de hombre, por resultado obtenemos una explosiva combinación morbosa. Ya lo dice la ciencia: los polos opuestos se atraen.

Aunque yo, prefiero radicalizar el concepto y a la vez, acoplarlo un poco a mis intereses: Castidad temporal. ¿No os pone más mujeres?

Ato el raso en cualquier momento; puede que él esté tirado en el sofá, preparando la comida, limpiando el baño o hablando por el móvil. No importa, la operación es rápida y precisa; bajo sus pantalones, luego su ropa interior, desato la tira que tiene en ese momento (o no) y ato la morada. El protagonismo a partir de ese momento, lo tiene él; yo me convierto en la espectadora que disfruta de la película que monta. Puede tratarse de un corto o de un largometraje: eso lo decido yo.

Dentro de su papel entra el servirme y complacerme y también el no disfrutar sexualmente, o disfrutar con el no disfrute (eso lo dejo a su elección): nada de prácticas sexuales.

Me encanta el poder masturbarme de todas las formas imaginables mientras él me observa sin tener opción a tocarse o cuando me practica sexo oral estimulando estrictamente mi clítoris con su lengua (nada de vulva), con los ojos bien abiertos.
Para esta ocasión, también son muy recurrentes los consoladores que se ajustan a la cabeza y que imprimen placer con el movimiento de ésta. Es una forma de satisfacer visualmente a mi adorador, ya que no podrá hacerlo de ningún otro modo hasta que yo dictamine lo contrario.

Además, elimino los pequeños caprichos asociados a su cuerpo (masturbación con los pies, repasarle con mi lengua...,etc.) porque en esta fase me interesa que así sea en detrimento del gran capricho que supone verle en el estado de abstención.

Que alguien te desee rijosa y locamente y que no pueda tocarte ni acceder a ti mientras tú no paras de provocarle con coquetería, erotismo y conductas sexualmente declaradas es, sin duda alguna, divertido a la vez que excitante. Diversión y excitación son los dos ingredientes indispensables del cocktail del poder femenino proyectado al hombre.

El lazo morado se complementa muy bien con el mostaza, al cual hice referencia en la entrada “Lacística: el regalo”. Desatar el morado para anudar el mostaza implica inaugurar una nueva fase de actividad sexual para mi adorador con una masturbación ritualizada y ejecutada por mí y que tiene un interés especial ;-).

Me encanta jugar...¿tú juegas?.

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sábado, 22 de noviembre de 2008

Pies hermosos

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La mujer que tiene los pies hermosos
nunca podrá ser fea.
Mansa suele subirle la belleza,
por tobillos pantorrillas y muslos,
demorarse en el pubis,
que siempre ha estado más allá de todo canon,
rodear el ombligo como a uno de esos timbres
que si se les presiona, tocan para Elisa;
reivindicar los lúbricos pezones a la espera,
entreabrir los labios sin pronunciar saliva
y dejarse querer por los ojos espejo;
La mujer que tiene los pies hermosos
sabe vagabundear por la tristeza.

MARIO BENEDETTI

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lunes, 10 de noviembre de 2008

Contemplación




Existe el placer de cuidar los pies de una mujer. También está el placer de besarlos y lamerlos. Ambas actividades son un privilegio; quien lo probó, lo sabe.

Más tarde, una vez acabada la labor, ver cómo lucen sus pies -el brillo del esmalte, la tersura de la piel-, es premio inigualable. Porque contemplar es adorar; quien lo hace, lo sabe.

Cuidar y observar: verbos conjugados de rodillas o en cuclillas, acentuando nuestra dedicación.

Ella, mientras, sonríe.

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miércoles, 5 de noviembre de 2008

Mañanas de domingo

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Iba yo tan tranquila, caminando en medio de las hileras de puestos mercadillenses-domingueros, cuando uno atrajo especialmente mi atención, iluminando mi mente perversa.

Eran juguetes para niños. Había muñecas, coches de carreras, libros infantiles, puzzles...y utensilios de playa: cubos, palas, cantimploras, moldes para hacer figuritas en la arena...¡moldes para hacer figuritas en la arena!

Mi adorador estaba viendo la tele en la habitación e irrumpí como un morboso huracán:

- ¿Puedes bajarte los pantalones y calzoncillos por favor?
- Ehh...claro...
- Ahora vuelvo.

Fui al cuarto de baño y busqué en el armario y en los cajones como si estuviera poseída por el diablo de la excitación...¡encontré lo que buscaba!

Cuando regresé al cuarto, a mi adorador le había dado tiempo a quitarse los pantalones y los calzoncillos sí, pero también la sudadera, la camiseta, e incluso había adquirido una parcial erección.

Enchufé la maquinilla de afeitar a la toma de nuestro nido de entrega masculina y saqué de mi bolso la espiral de plástico que compré en el mercadillo. Era curva como el caparazón de un caracol y además, no era cerrada; entre curva y curva había una ligera separación.

Coloqué mi entrañable juguetito en el pubis de mi adorador, y con sumo cuidado rapé todo el vello, prestando especial atención a los espacios inter-curvilíneos del molde de playa, pues a la máquina le costaba hacerse hueco.

- ¿Qué tal ha ido la mañana, reina?
- Muy bien. He comprado fruta y unas láminas para enmarcar que me han encantado.
- ¿Estaban bien de precio?
- Pues no eran muy caras la verdad...5 euros cada una. He comprado tres.
- Te dejaré el dinero en la mesilla (sonrisa cómplice).

Cuando por fin quedó pulcramente afeitadito, retiré la espiral y comprobé satisfecha mi trabajo...que aún estaba incompleto.

- Vaya, ¿qué es? ¿un laberinto de placer?
- No, una piruleta.
- ¿Una piruleta?

Comencé a masturbar su pene y a hacerle sexo oral. Hacía un par de semanas que no lo probaba. Seguía tan suculento como siempre. Las primeras gotas de líquido preseminal refrescaban mi sedienta boca como el más completo de los elixires.
Pudieron pasar unos diez, quince minutos. Mi adorador tiene un gran control de su erección y de la eyaculación, pero yo conozco su pene tanto como él y mi técnica es precisa en función del objetivo que persiga.

-Buff, si sigues así no podré aguantar.
-Pues aguanta...

El pene cayó con una erótica gravedad sobre el rasurado pubis de mi hombre, y justo debajo de mi currada espiral. Salté de la cama y cogí del cajón de la mesilla de noche la cámara de fotos.

Me puse de pie y en frente de él, encuadrando desde arriba con el objetivo de la lente mi piruleta. Tomé un pene, y una foto también.

- Bueno cariño, ¿vamos a comer algo?

Esta mañana iba en el autobús, camino del trabajo. Siempre voy leyendo. Cuando he llegado a mi parada, he colocado la foto de mi piruleta en el comienzo del capítulo número ocho. Es el mejor marcapáginas. Es la mejor forma de endulzar mis mañanas.

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viernes, 31 de octubre de 2008

Un restaurante muy especial (y 2)

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No tardó mucho en regresar el camarero, acompañado del foie y dos apuestos compañeros. Para sorpresa de Paula, se pusieron una venda sobre el antifaz, y se colocaron bajo la mesa, sentadas frente a ellas.

- Si gustáis de descalzaros... dijo el camarero.

Bastante cortada, Paula fue animada por su amiga a hacerlo. Con suma delicadeza, sintió que unas manos comenzaban a acariciarle los pies.

Paula probó el foie. Era divino, un trozo de cielo naranja que se deshacía en la boca. Al tiempo que lo degustaba, sintió la lengua del hombre lamiendo sus pies, lo justo para excitarla y permitirle seguir comiendo... Las amigas apuraron la botella de Monopole con rapidez. Cuando regresó el camarero a retirar los platos, Paula jugaba con el sexo de su lamedor, pisoteándolo y dándole golpecitos, sorprendida al no escuchar la menor queja, divertida al comprobar que estaba duro y agradecido.

- ¿Es todo de vuestro gusto?, preguntó el camarero.
- Mmmm... -dijo Paula.
- Estupendo -contestó el camarero. ¿Habéis consultado la carta?
- Sí. Yo quiero Una chantoisse de bogavante con un touch-tounge... Paula, ¿lo mismo?
- Ahá. Y otra botella de Monopole, respondió Paula.

El servicio era eficaz, y al punto, regresó el camarero con lo solicitado. Con discreción, accionó un mecanismo en la silla, y Paula notó como el asiento se abría levemente. Sintió que su sexo entraba en contacto con el perfumado aire de la sala, pues siguiendo los consejos de su amiga, había acudido a la cita con una falda de amplio vuelo y sin ropa interior.

- Colocaos en posición, ordenó el camarero a sus compañeros.

Sin hacer ruido, casi coreográficamente, los dos hombres apoyaron sus cabezas en unos mullidos respaldos, que venían a situarse justo debajo del sexo de las comensales; ahora entendía Paula el diseño de las sillas.

El placer volvió, intenso y creciente. Verdaderamente, estaban bien adiestrados en el arte del cunnilingus. Paula podía deleitarse con la espléndida comida y, a la par, sentir un sosegado y poderoso goce entre sus piernas. Era como volar en una alfombra mágica, mientras el viento jugaba con el sexo.

Llegó la hora del postre, y los hombres se retiraron, empalmados y relamiéndose. Su amiga había requerido una cookie strap para finalizar la cena, y Paula rió divertida cuando apareció un hermoso joven con una bandeja de variadas galletas de chocolate -humeantes y ardientes-, y una selección de consoladores y pinzas. Sin decir nada, se situó encima de la mesa, boca abajo, y el camarero repartió por su cuerpo las galletitas. Los consoladores y las pinzas quedaron al alcance de ellas, que lo pasaron muy bien jugando con el culo del joven, metiéndole los consoladores, en tanto que degustaban las galletas. Era increíble lo bien que estaba educado el culo, que admitía y acataba todas las formas y tamaños sin rechistar. Paula tuvo una idea, que pronto secundaron su amiga y el resto de las comensales; las pinzas las guardaron para el camarero, que pronto lucía -sobre todo en sus testículos y en el sexo-, un gran número de ellas.

- Vaya, qué pronto te has soltado -le dijo riendo su amiga.
- Me cuesta un poquito, pero cuando lo hago, me lanzo.
- ¿Sabes lo que más me gusta de este restaurante...?, le interpeló su amiga-, Lo que disfrutan los tíos entregándose... y que no pueden disimularlo; ¡menuda erección tienen todos!
- ¡Brindemos por los hombres desnudos y serviciales!, dijo Paula, satisfecha y feliz.

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lunes, 27 de octubre de 2008

Cómeme

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Mi cuerpo
de chocolate,
tarta a la carta que nunca harta
a tu mirada golosa.

Mi pecho
de golosina,
y pezones bombones
que muerdes sin prisas.

Mi pene
de cacao selecto,
erecto y electo
por tu sonrisa feliz.

Mis testículos
rellenos de placer,
profiteroles preferidos
por tu boca sabia.

Mi culo
repostería posterior,
bizcocho de noche de derroche
y mañana divertida.

Sácame del escaparate,
llévame a tu casa,
cómprame, cómeme
y verás que la publicidad
en verso
es verdad.

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sábado, 25 de octubre de 2008

Woman in art

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La mujer, a través de 500 años de arte; un increíble trabajo de
Philip Scott Johnson.

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miércoles, 22 de octubre de 2008

Espejo de verano

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Cuando ella se desvestía, lo hacía con cuidado de que no pudiera verle; en el mundo de su capricho, él sólo podía desear descubrir accidentalmente, en un descuido, la fugaz visión de uno de sus pechos.

Por eso, al repasar juntos las fotografías de las vacaciones, él ambicionaba llegar a la playa, donde ella era aún una mujer desnuda.

Ahora, en el otoño tapado, entiende la exactitud de los pezones, la sonrisa de quien sabe va a ser admirada unos meses después.

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sábado, 18 de octubre de 2008

Los penúltimos besos



Con la cara lavada me miro en el espejo: hoy comienza un día duro.

Pongo corrector de ojeras en el contorno de mis ojos y lo difumino con matemática precisión, esparzo los polvos de maquillaje por todo mi rostro recubriéndolo como un polvorón; un poco de colorete, dará algo de pasión a esa cara tan blancamente fría. Delineo mis párpados inferiores como una dormida Nefertiti y realzo mis pestañas con un poco de rimel.

Iba a aplicarme brillo transparente en los labios, pero he divisado en mi neceser -el que venía de regalo con la colonia que me regaló mi adorador- una barra de labios roja -que también me regaló él- que creo, puede sentarme bien. Además, estas últimas temporadas se han puesto de moda los labios a lo Monroe; perfilo primero con un lápiz y después decoro.

En la cocina, mi adorador está desayunando:

-Buenos días, cariño.
-Buenos días, mi reina. Mhhh... qué guapa te has puesto hoy.

Me coloco de rodillas delante de él:

-¿Puedes moverte hacia mí por favor?
-Claro (asiente con los ojos brillantes).

Le entrego un pañuelo que llevaba en el bolsillo del pantalón y le pido que me vende los ojos. Realiza la labor con sumo interés.

-Ahora, sácate el pene porfi (bueno, no dije pene exactamente, pero una, ante el público, es Dama). Ahora, saca de mi otro bolsillo el pintalabios y retócamelos.

Al cabo de unos instantes, siento como el útil de maquillaje me hace tiernas cosquillas en los labios. Sin más preludios, agarro su miembro y comienzo a besarlo por todos sus rincones. Mis labios me transmiten los detalles de esa maravilla de la naturaleza: tan suave y tan dura, tan indefensa pero a la vez tan fuerte.

Adoro las feromonas. Son una verdad oculta, como si se tratara de brujería: sientes su hechizo pero no puedes verlas. Sin embargo, creo que si puedo olerlas: como los polvos mágicos.

Ese olor a hombre; me activa y enloquece, saca la hembra que hay en mí. Si no fuera porque tengo que irme a trabajar, me pasaría toda la mañana hundida en su entrepierna. De hecho, ya he pasado en alguna ocasión más de una mañana así.
Me quito la venda y contemplo su pene de nuevo:

-Ya estás marcadito...no siempre van a ser lazos.

Sonríe feliz y excitado. Vuelvo a taparle y nos damos el último beso hasta la tarde. Los penúltimos, ya han sido dados.

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jueves, 9 de octubre de 2008

El momento de la semana...


Hemos quedado a las 17:30 en el centro de la ciudad; en nuestra cafetería favorita. El olor a sitio conocido, junto con el aroma de viernes, penetran en mi nariz e invaden todos mis sentidos.

Saludo a las camareras, que ya me conocen, y cruzo el hall principal para atravesar un pequeño corredor que me lleva a la parte posterior del local. Allí me espera mi adorador, en nuestro sofá. Él toma un batido tropical, y el chocolateado y siropeado vaso contiguo es el mío. Le saludo y me siento junto a él. Después de un distendido rato de conversación, paga y nos vamos.

En primer lugar vamos a nuestra librería predilecta a hojear unos volúmenes (nos gusta perdernos entre pasillos, estantes, pastas y letras). Mi adorador me pasa la lista confeccionada a ordenador. Encuentro el par que me hace falta y después vamos deteniéndonos, más tranquilamente. Al final, en vez de dos, son cuatro. Él no ha localizado nada de su agrado. Vamos a la caja y paga los libros. Salimos.

Me rodea con su brazo y nos dirigimos a una de las perfumerías que frecuentamos; tiene que comprarle un regalo de cumpleaños a una amiga. Bueno, esa era la trampa, en verdad es para mí. No he tardado en darme cuenta de ese detalle; se ha desvelado en el momento en que ha cogido una de mis favoritas, de hecho casi la que más: “Very Irresistible” de Givenchy. Además, ha habido suerte, porque nos han obsequiado con un precioso neceser y una bolsa para la playa. Bueno...el precio de la colonia si que ha tenido que abonarse, pero de eso se encarga mi adorador.

Acabamos de salir de la perfumería, cuando de pronto topamos con un Woman's Secret. Me mira y con mis ojos apruebo. Un conjunto de tanga y sujetador y unas zapatillas de estar por casa. Todo a su cuenta.

La tarde nos va diciendo adiós con el crepúsculo y noto que mi estómago está ronroneante. Mi adorador...¿o debería escribir mi comprador? me pregunta si me apetece comer algo; yo no tardo en asentir.

La última parada es en nuestra pastelería más predilecta, donde compramos unos pastelillos para llevar y una milhoja para llevármela yo, e írmela comiendo por el camino de regreso a casa... ¡que rica!

-¡Oh!...tengo que pasar por otro sitio antes...un momento, espérame aquí.

Se aleja corriendo, con todas las bolsas enganchadas en ambas manos. Mi amante amerengado y yo, le esperamos. Al cabo de quince minutos, retorna con una bolsita más.

-¿Que has comprado? (saca un botecito de aceite de masaje corporal y lo abre).
-Mhhh...huele a limón.
-Y a lima... ¿te apetece uno íntegro para cuando lleguemos?

Me cuelgo de su cuello como una mona que no va vestida de seda sino de restos de pastelería.

Cuando llegamos a casa, me descalzo y me tiro en el sofá. Él va a colocar todo lo que hemos comprado. Mi ejercicio zappingero es interrumpido por su llamada desde el cuarto. La habitación ya está en ambiente: música chill out, velas aromáticas, toalla en la cama y mi adorador completamente desnudo a un lado esperando.

Me tumbo en la cama y me dejo envolver por sus experimentadas manos. Concilio el sueño en un momento dado, y a la mañana siguiente me despierto tapada y con una piel suave como el algodón. Mi adorador aún permanece a mi lado.

Con una sonrisa vuelvo a adentrarme, poco a poco, en un gustoso agotamiento. El último pensamiento que tengo aún, ha de batallar con Morfeo: el momento de la semana que más me gusta, es sin duda el viernes por la tarde.

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domingo, 5 de octubre de 2008

Un restaurante muy especial (1)

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– Vamos.

Silenciosamente, las puertas se abrieron, descubriendóle a Paula un mundo nuevo. Ante lo que contemplaba, no pudo evitar sorprenderse, y mostrarse algo inquieta.

– La primera vez que entré, también me pasó igual -le tranquilizó su amiga-, una vez transcurridos unos minutos, lo verás como lo más natural del mundo ¡Y te aseguro que engancha!
– No lo dudo -le respondió Paula, mirando en derredor suya- Además, está decorado con mucho gusto.
– ¿Tú crees? Demasiado moderno para mi gusto, a mí me van las cosas más tradicionales.

El restaurante era, en efecto, un prodigio de formas sencillas y rectas. Predominaban el blanco y azul, que otorgaban a las mesas enormes, a las sillas de curiosa construcción, un punto de suave frialdad. Las luces indirectas, el levísimo rojo de los manteles y los variados colores de platos y vasos, atemperaban esta sensación, y predisponían a pasar un rato divertido.

– Vaya, qué bien huele -observó complacida su amiga-, me encanta como cuidan los detalles aquí.

Paula, con disimulo, derramó una mirada sobre las mujeres que en ese momento, semillenaban el restaurante. Hablando en voz baja, o ensimismadas en sus platos, escuchaban la deliciosa música que un dj guisaba para sus oídos. Curiosamente, cenaban sentadas de tal forma que no tenían nadie enfrente o al lado. Al verlas, instintivamente, Paula se llevó la mano a su rostro, ajustándose el antifaz azul que les habían dado en la entrada. Su amiga se rió.

– No te preocupes, que sigue en su sitio. Es la norma principal de la casa; aquí no hay identidades, sólo personas que cumplen sus deseos... Como éste que viene a atendernos.

Hasta los dos amigas se acercó un camarero, que llevaba también el antifaz, aunque en su caso, había dos cosas que cambiaban respecto a ellas; su antifaz era blanco e iba completamente desnudo.

– Buenas tardes -les saludó el camarero-, si gustáis de acompañarme...

Dejándolas pasar primero, el camarero les condujo a una mesa, y les retiró las sillas con presteza y naturalidad. Las amigas se sentaron, y fue entonces cuando el sexo del hombre quedó a la altura de sus ojos. Era grueso, y estaba depilado; el nombre del local estaba escrito sobre el pubis en letras azules.

– Bonito miembro -dijo su amiga.
– Gracias. ¿Deseáis en el aperitivo algún servicio especial?
– ¿Servicio especial? -repitió extrañada Paula.
– Mi amiga es la primera vez que viene -explicó su amiga.
– ¡Oh, bienvenida! Me atrevo a sugerirte una foie de ahumados con mermelada de eneldo, acompañada de un feet paradise.
– ¡Perfecto! -se adelantó su amiga-, traes lo mismo para mí. ¿Qué vino nos recomiendas?
– Un Monopole fresquísimo.

El camarero se retiró, llevándose prendidas en su culo dos miradas. Suspirando,le dijo su amiga:

– ¿Está rico, eh? La selección para servir aquí es muy estricta.
– Ya veo, ya. Oye...
– Calla y espera.

(continúa en "Un restaurante muy especial (2)")


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lunes, 29 de septiembre de 2008

Lacística: el regalo

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Estaba intrigado y no sabía muy bien que podía ser. El envoltorio de joyería le daba pistas pero no resolvía el enigma.

Me miraba con una sonrisa tensa, petrificada; de mí podía esperarse cualquier cosa y por eso su cara era como un retrato a medio terminar.

Rompió el papel y tiró con fuerza de los trozos de celo que lo fijaban a lo que, probablemente, podía ser una cajita. ¿Un colgante, un anillo...? Él sabía que a mí no me iban ese tipo de regalos...¿pero entonces?

Abrió la caja y se encontró con una chapita de plata. ¿Un colgante? ¿podía ser? No, no lo era. Era un trozo de metal abandonado en ese pequeño colchón de goma-espuma.

Seguía un tanto confundido y pensó que mis ojos serían la clave del jeroglífico, el camino hacia la verdad...

-El regalo no está completo aún...

Saqué de mi bolso una bolsita de plástico: en su interior había un amasijo de colores.

Ahora empezaba a atar cabos y a comprenderlo todo. Lo que nunca se había hablado ya era una realidad. Abrió la bolsa y todos los rasitos cayeron sobre la colcha: rojo,verde, amarillo, azul, morado, rosa...Ahora la sonrisa era sincera, relajada, armónica...satisfecha.

Le dí un beso y susurré a su oído. La sonrisa se transformó en una radiante carcajada.

Salimos de casa, de la mano, conversando sobre trivialidades, riendo traviesamente después de cualquier tontería que decíamos.

Llegamos a la joyería -otra que nada tenía que ver con la primera-, sacamos la chapa y le dijimos al joyero lo que queríamos grabar por delante y por detrás.

El hombre fue muy profesional y en ningún momento dijo nada, aunque supongo que nos convertiríamos en el plato principal de sus comidillas entre amigos y familiares durante mucho tiempo. Seguro que nos colocaría la etiqueta de anécdota de por vida.

A los dos días regresamos. A mí me dio la impresión de que se reía, pero quizás sólo eran imaginaciones mías. A lo mejor no éramos la primera pareja de morbosos que se pasaban por allí y estaba más acostumbrado de lo que creía y parecía.

Nos dio nuestra pieza y nos dejó solos. Mi adorador me miró esperando aprobación: me gusta, afirmé.

Esa noche era la última del lazo mostaza. Cuando se ata esa tira de color, debe permanecer sin masturbarse el tiempo que a mí me plazca y la última noche, le masturbo y juego con su pene -lo retuerzo,sobo, aprieto, acaricio, lamo-, y termino observando su potente eyaculación, que es especialmente abundante. Me encanta asistir a un espectáculo como tal: lluvia de orgasmo.

Después de limpiarse, se quitó el lazo y lo cambió por otro. Esta vez el lazo, además de rodear su tronco, sirvió para colgar la chapa que identificaría, ahora de forma explícita, la condición de mi pareja:

Por delante: tus goces son leyes para mí.
Por detrás: Damaravillosa.

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jueves, 25 de septiembre de 2008

Yo soy la flor

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Cuando ella llega del trabajo, busca en vano un ramo de flores. El jarrón siempre está lleno de aire indiferente. Y sin embargo, sonríe.

Deja el bolso en la entrada, se descalza y se tumba en el sofá. Pronto, un zumo de naranja moja sus labios, y unos dedos sabios recorren sus pies. Sonríe, porque es mejor ser la flor que tener flores.

La conversación es fluida, las palabras se derraman sobre la tarde. El placer la riega, el cariño le abona: ella es el jardín. Vuelve a sonreír.

Porque es mejor tener al jardinero que tener flores.


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lunes, 22 de septiembre de 2008

La canción del pene

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De la película "La cosa más dulce" (The sweetest thing) traemos esta canción, tan divertida como deliciosa.

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viernes, 19 de septiembre de 2008

De leonas y gacelas

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Me despierto en torno a las once de la mañana. Primero voy al cuarto de baño y después a la cocina. Con el estómago lleno, regreso al dormitorio y subo la persiana; él, poco a poco, intenta abrir las suyas.

Me abalanzo sobre su cuerpo, como la leona lo hace sobre la gacela, y cubro su rostro con una capa de besos y caricias... ¡qué morbazo tiene por la mañana!

-Mhhh... ¡raspas!
-Lo sé. Tendré que afeitarme, no quiero dañar la aterciopelada piel de esa carita tan bonita.

Con una sonrisa, retiro las sábanas y contemplo su torso mañanero. Mis manos ejecutan la exploración y reconocimiento de cada poro de su piel, hasta que llego a una superficie de algodón y poliester que retiro suavemente... ¡debajo, el sol! Ahora sé el porqué de este día tan nublado y lluvioso.

Me desnudo y me sitúo encima de él. Recuesto mi cuerpo sobre el suyo y beso su cuello; puedo sentir su expectación, sus leves jadeos, su deseo... Acaricio sus brazos, pellizco sus pezones. Casi sin darme cuenta, y después de un rato, mi pelvis comienza a balancearse.

Me gusta masturbarme sobre superficies que sean lo suficientemente rígidas como para que mi clítoris pueda estimularse, pero no tan duras como para que puedan dañarme. Por tanto, debe debatirse continuamente entre la relajación y el control, entre su placer y el mío: que, al final, se traduce en el mío.

Mi vulva lava la cara de su miembro con mi excitación; el glande es la mejor parte para los movimientos circulares.

Ahora me apetece colocar las piernas en posición de rana debajo de la suyas, ahora me apetece que las levante de nuevo y me deje estirarlas. Ahora me apetece que me acaricie un poco, ahora que se quede quietecito.

Estiro mis brazos por debajo de la almohada y meto mis dedos entre el colchón y la cabecera de la cama; aumento el ritmo con energía y empiezo a sudar. Mis caderas imprimen un brusco balanceo a todo su inmóvil -pero a la vez- dinámico cuerpo.

Todo mi organismo está en tensión, sobre todo mi acelerado corazón: pareciera que corro una maratón, y realmente es el sprint lo que hace que me corra.

Mi cuerpo se estremece entre exquisitos latigazos. Mi vulva se convierte en una húmeda ventosa que se adhiere al miembro. Seguro que los vecinos de la pared contigua pueden oír mi respiración.

-¿Puedo afeitarme ya?
-¡No sólo puedes, sino que debes, cariño!

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lunes, 15 de septiembre de 2008

Tu pene

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Tu pene es el cetro de mi pasión,
es la cremosa seda que anuda mis dedos.
Tu pene es la gruesa cadena que apresa mis dulces perversiones;
dulces como el oasis que es tu entrepierna.

Tu miembro es mil historias sin fin.
Es mi mejor fuente de inspiración y de excitación.

Tu pene es calor en invierno, frescura en verano
y voluptuosidad rosa en primavera.
Es antorcha en la noche y amanecer.

Yo soy dama, y por tanto tu pene merece ser adorado
cada día del año.

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jueves, 11 de septiembre de 2008

Desnudario (Septiembre)

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MONÓLOGO PARA SER REPRESENTADO ANTE UNA MUJER MIRANDO.

El actor, vestido con zapatos, vaqueros y camiseta, aparece por un lado de la escena. Se sitúa frente a la mujer.

ACTOR: Ayer, llegué cansado a casa. Había estado trabajando todo el día, en la restauración de las pinturas de una casa señorial. La casa pertenecía a una familia ilustre de la ciudad; ahora, pertenece al Ayuntamiento, al que también pertenezco yo, con la categoría de técnico restaurador... Al menos, hasta que llego a casa, y puedo descalzarme aliviado.

El actor se quita los zapatos.

ACTOR: Mmm... así mucho mejor, más relajado... Hasta ese día, los estucados que había ido descubriendo bajo capas de pintura, eran bellos y previsibles. Composiciones geométricas o vegetales, columnas y capiteles, palabras en latín, valenciano y español. Sin embargo, ayer, en una de las paredes del dormitorio principal, vislumbré un dibujo distinto a los demás. Me quedé sorprendido; era el torso de un hombre, y tenía un lunar en el pecho izquierdo... justo donde lo tengo yo.

Se quita la camiseta, y muestra el lunar.

ACTOR: ¿No me creías, verdad? Es lógico, yo tampoco me lo creía. Decidí proseguir con la pintura más tarde, cuando todos se hubieran ido. Puse los andamios delante de ella, y me dediqué a raspar el techo. A las tres de la tarde, se fueron mis compañeros, y yo, pretextando no poder dejar el techo para el día siguiente, me quedé hasta la noche, con la intención de desvelar la totalidad de la pintura. Hacía mucho calor, y me quité los pantalones, para trabajar más cómodo. Se me llenaron los calzoncillos de pintura, como puedes ver...

Se quita los pantalones, y muestra a la mujer unos calzoncillos sin rastro alguno de pintura.

ACTOR: ¡Oh, los he tenido que lavar, sin duda! No pasa nada; sigamos con la historia. La pintura comenzó a aparecer; era una escena que ocurría en el mismo dormitorio. Me excitó mucho la imagen; tanto que comencé a tocarme... (se toca el sexo) y mis calzoncillos se desprendieron prácticamente ellos solitos de mi pene (se baja los calzoncillos y, finalmente, se los quita).

ACTOR: La escena era curiosa; un hombre, totalmente desnudo, se mostraba a una mujer, que lo miraba sin perder detalle. Estaba empalmado y ella parecía que lo miraba de arriba a abajo, divertida y expectante. No pude evitar masturbarme, imaginando ser ese afortunado hombre, deseando mostrarme ante esa hermosa mujer... (Comienza a masturbarse) Quería sentir sus ojos clavados en mi pene, en el bamboleo de mis testículos, en mis pezones duros y ardientes...

El actor sigue masturbándose, hasta correrse.

FIN.

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viernes, 5 de septiembre de 2008

El hombre objeto: escabel

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Escabel

(Quizá del cat. ant. escabell, y este del lat. scabellum).

1. m. Tarima pequeña que se pone delante de la silla para que descansen los pies de quien está sentado.

Entre los usos que pueden obtenerse de un hombre solícito, uno de los más relajados y gozosos es el de escabel. Acompaña normalmente tardes o mañanas ociosas, en la que una gusta de estar leyendo o viendo la tele, inmersa en una dejadez indolente, sin nada más que hacer que dejar pasar las horas.

Por supuesto, la casa tiene que estar limpia y ordenada –sin exceso, no soy una maniática en ese aspecto-, y por ello le prevengo a mi chico que aligere en sus tareas, que lo requiero libre de cargas. Los móviles y demás comunicaciones con el ruidoso exterior han de estar silenciados; en mi mente he colgado el cartelito de “no molestar”. Quiero tranquilidad y disfrutar sin interrupciones de mi poder de reina de los días de mi cariñoso súbdito.

Una vez creadas las condiciones, me siento en el sofá, rodeada de libros, revistas, el mando de la tele y algunas chuches... un zumo o un batido también son complementos bienvenidos ¿Todo listo? Bien, es el momento de llamar a mi mueblecito obediente.

Norma fundamental: tiene que estar desnudo y aún más, sentirse desnudo. Así, cuando pongamos nuestras piernas o pies sobre su espalda, podremos percibir su entrega, su estremecimiento agradecido de ser útil en estos momentos. En ocasiones, puede ser divertido vendarle los ojos y/o atarle el sexo con una larga cinta de raso (que en su extremo, llegue a nuestra mano...), pero no es imprescindible.

No mostremos interés en su erección ni en su cuerpo: para que la transformación en escabel sea perfecta, han de resultarnos sus reacciones y sus encantos transparentes: es un precioso mueble, nada más, y él ha de saber que es así, para que adopte la postura y la paciencia precisa para no moverse en un largo rato. No es momento de excitación, si no de relajación.

Porque colocado en la posición que más nos convenga – normalmente, recogido sobre sí mismo, ofreciendo su espalda como apoyo, o tumbado boca arriba o boca abajo, según nos de el capricho-, tiene que permanecer así justamente el tiempo que precisemos. Es muy importante este punto, pues para un relax sosegado, hemos de olvidarnos de él y concentrarnos en nuestra lectura o en la peli que estemos viendo... Y entonces, de vez en cuando, salimos de nuestra abstracción y somos conscientes de tener a nuestro servicio a un hombre encantador, capaz de muchas cosas por ti, por tu felicidad. El goce se multiplica, y una tarde cualquiera se convierte en una tarde única.

Sonríes, le miras agradecida y vuelves a embeberte en tu placer.

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jueves, 4 de septiembre de 2008

La mozuela de Bores

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Mozuela de Bores
allá do la Lama
púsom'en amores.

Cuidé qu'olvidado
Amor me tenía,
como quien s'había
grand tiempo dejado
de tales dolores,
que más que la llama
queman amadores.

Mas vi la fermosa
de buen continente,
la cara placiente,
fresca como rosa,
de tales colores
cual nunca vi dama
nin otra, señores.

Por lo cual: «Señora
-le dije-, en verdad
la vuestra beldad
saldrá desd'agora
dentr'estos alcores,
pues meresce fama
de grandes loores».

Dijo: «Caballero,
tiradvos afuera;
dejad la vaquera
pasar al otero;
ca dos labradores
me piden de Frama,
entrambos pastores».

«Señora, pastor
seré si queredes;
mandarme podedes,
como a servidor;
mayores dulzores
será a mí la brama
que oír ruiseñores».

Así concluimos
el nuestro proceso
sin facer exceso,
e nos avenimos.

E fueron las flores
de cabe Espinama
los encubridores.

Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (1398-1458)

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viernes, 29 de agosto de 2008

Un millón de círculos

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Cuando apretara el botón, todo iba a cambiar. Mientras dirigía su dedo hacia el teclado, la Primera recordó cómo empezó la Idea.

Le acababan de despedir del trabajo, y a sus casi cuarenta años, le iba a ser complicado encontrar otro; no tenía muchos contactos, ni era especialmente inteligente ni hermosa. Era una mujer normal, en un mundo hecho por y para el hombre. Sólo una mujer en su situación podría entender la inmensa frustación de tener que sobrevivir en una sociedad cada vez más torpe e ineficiente. Las mujeres como ella no tenían muchas salidas, y se encontraban en un círculo del que no podrían salir.

Ése fue el germen de la Idea: el círculo. Había muchas mujeres insatisfechas, inquietas y malhumoradas, pendientes de las decisiones de los hombres. A veces, se reunían de forma casi inconsciente, y se despachaban de lo lindo sobre cómo estaba todo montado. Bien, eso tenía que acabarse, y el mejor modo era dejar de lamentarse y comenzar a actuar, creando círculos de mujeres que, poco a poco, arrebataran el poder a los hombres. Para ser operativos, estos círculos tendrían que ser de tres mujeres y un hombre; tres mujeres para sentirse en mayoría, unidas y seguras, y un hombre que se reuniera con ellas y aprendiera a respetarlas, servirlas y complacerlas. Quedarían una vez a la semana los cuatro, y discutirían el mejor modo de lograr la primacía femenina.

No había que olvidar el lado práctico: cada mes, el hombre atendería durante una semana a una de las mujeres del círculo, haciendo las tareas domésticas, prodigándole masajes y caricias y cualquier otra cosa o capricho que la mujer precisara. Una semana al mes quedaría libre de compromisos: el tiempo justo para desear volver a servirlas de nuevo.

A su vez, cada mujer crearía dos círculos más, con lo cual, además de estar atendida tres semanas al mes, expandiría los círculos progresivamente. Si todo iba bien, en poco tiempo habría decenas, cientos y miles de círculos, imponiendo con firme suavidad una nueva era ¿El hombre iba a prestarse a todo esto? Que así fuera era imprescindible y absolutamente natural. Siempre había sabido que los hombres habían nacido para complacerlas, sólo había que enseñarles.

No le sorprendió que los círculos se extendieran con rapidez. Ahora, justo en el momento que va apretar el botón que enviará miles de mensajes, sonríe: es la contraseña, la palabra clave que llevan esperando millones de mujeres para iniciar la revolución. Nada podrá pararlas.

Ya pasó todo. Hoy, el Primero plancha con delicadeza su ropa, mientras ella está fuera del hogar, de fiesta con sus amigas.

Y sin embargo, tras tantos meses de preparación, todo depende tan sólo de apretar un botón. “Qué sencillo es todo” -se dice, sonriendo para sí-, “y que difícil nos parece hasta que lo hacemos”. Sin más, pulsa el intro, y en ese instante, la vida también sonríe.

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sábado, 23 de agosto de 2008

De mini-vacaciones, órdenes y deseos

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Este fin de semana, mi dama se ha ido a una localidad costera del Levante, a pasar unos días en un apart-hotel con dos amigas. Tanto ella como yo, de vez en cuando, viajamos por nuestra cuenta. Pensamos que en una relación es sano tener cada uno su espacio, y la confianza mutua es fuerte y cómplice.

Cierto es que si yo salgo de viaje he de procurar dejarle hechas varias comidas, y que me esperan al llegar varios turnos de lavadora extra; del mismo modo, cuando es ella la que viaja, soy el encargado de hacerle la maleta, reservar el hotel y cuantas cosas hagan falta en su viaje, además de gozar de algunas tareas extraordinarias, como hacer una limpieza a fondo o pintar el piso: a ella le encanta encontrarse un cambio tras el viaje, y saber que me he ocupado en satisfacerla mientras ella se divierte.

En esta ocasión, no me ha dejado ninguna instrucción en especial; muchas veces es así. A ella no le gusta decir siquiera “hay que limpiar” si no que, cuando lo piense, ya me haya encargado yo de limpiar. Esto no quiere decir que siempre sea de la misma forma: cuando ella desea algo que yo no le ofrezco, simplemente lo pide. Sin distanciamiento, con cariño. Sabedora de que voy a hacer todo lo posible por llevarlo a cabo.

Porque no pensemos que se trata de adivinar sus deseos, ni de adelantarse a ellos: sencillamente, hay que cumplirlos. No importa que salgan de mí o de ella: una relación de dominación femenina se basa en satisfacer a la mujer, no en recibir sus órdenes. Estar todo el día dirigiendo la vida a un hombre es aburrido, recibir su entrega es cómodo, y es el confort de nuestra dama el premio que ansiamos obtener.

Por eso, un adorador que se precie, ha de ser un hombre activo y dispuesto, que parte siempre del principio que, cuantas menos órdenes, mejor. Y sobre todo, hemos de ofrecernos voluntarios, y desde nuestra libertad, ofrecernos; ella ha de ser consciente de nuestro placer en complacerla, que superamos barreras y convencionalismos con el feliz fin de hacerla dichosa, muy dichosa.

Esta forma de pensar hace subir enteros la complacencia de la mujer, a la par que la predispone a subir los niveles de exigencia. Esto es algo totalmente lógico: si ella ve que cumples con tus tareas y obligaciones de un modo natural, te recompensa demandando más compromiso y dedicación por tu parte. Sí, amigo, es la puerta del paraíso.

Poco a poco, va creciendo en ella el gusto por dominarte, por obtener del árbol de tu entrega los frutos de su bienestar... Y siempre quiere un poco más.

Y es que primero, la mujer prueba. Luego, comprueba lo agradable que es, y guía sabiamente tu adoración hacia ella, hasta que la relación de dominación femenina se naturaliza y sus deseos afloran con facilidad. A esas alturas, ya sabes que tu único deseo es amoldarse a los suyos, sin excusas ni retrasos: no recibes órdenes para cumplir, entregas deseos cumplidos.

Atrás quedan las órdenes, es la hora de la lluvia de deseos.

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miércoles, 20 de agosto de 2008

Jugo de verano

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Saboreo con intensidad la última cucharada de mi yogur y me dirijo a la cocina ¿Dónde estará mi adorador?
Me muevo por la casa como una resbaladiza comadreja; le hallo en el cuarto de baño. Me gusta la escena: arrodillado en el suelo y dándome la espalda, intuyo lo que hace. El sonido del agua y el envase de detergente de lavado manual le delatan. Su íntegra desnudez también.

-Hola, tesoro ¿qué haces?
-¡Hola, mi reina! Lavo tu ropa interior.
-Ahá...me gustan mucho los pétalos de hortensias que has puesto en el cajón...
-¿De verdad? Me alegra que te gusten, era momento de cambiar.
-¿Tienes sed?¿quieres que te traiga algo?
-Me apetece algo de naranja... un zumo o un refresco... si fueras tan amable...
-¡Claro que sí!

Regreso a la cocina, cojo una naranja del frutero y un cuchillo, vuelvo al baño.

-Cariño, mañana podías ir a la peluquería y pedirme hora...¡tengo unas raíces ya!
-Claro, mi reina.
-Y después pasarte por el súper y traer yogures. Se han acabado ¿Has pagado la comunidad?
-Hace una semana mi vida.
-¡Dios!-exclamo con un nudo en el estómago mientras mi adorador se detiene momentáneamente en su labor para mirar hacia atrás-¿se ha tomado el perro la desparasitaria de este trimestre? ¡Mira que nos mandó el e-mail la veterinaria!

Sonríe levemente y no por el hecho de que el perro ya haya tomado su pastilla hace cuatro días, sino porque observa cómo troceo en dos mitades la fruta; vuelve a dirigir su atención al barreño y a su contenido.

-Tranquila, mi princesa; está ya hecho.
-¡Uf! menos mal (me bajo los shorts y el tanga para después quitármelos y dejarlos en el suelo).

Levanto la tapa del bidé y pongo el tapón, después abro el grifo para que el agua templada llene el sanitario.

-Cariño ¿podrías prepararme mañana tortitas para el desayuno? hace un par de días que tengo el antojo, pero al final siempre se me olvida decírtelo.
-¿Con nata o con miel?
-¡Mejor con mermelada! Aunque con la mermelada... ¡pegan más los gofres!
-Pues no hay gofres... tendré que bajar luego en un momento antes de que cierren, aunque esto ya está terminado.
-¡Ah! pues si bajas trae ya los yogures... también podías traer un poco más de chocolate, me comí el poquito que quedaba ayer (me siento en el bidé y procedo a asearme mis intimidades).
-De acuerdo, cariño. ¿Quieres tu jabón?
-Oh sí. Gracias, corazón.

Cojo el bote y procedo a enjabonarme la vulva el perineo y el ano. A continuación, retiro con meticulosidad toda la espuma.

-Cariño...
-Dime, reina.
-El zumo está a puntito...

Cojo la mitad de la naranja y me incorporo sin secarme. Mi adorador se aproxima de rodillas hacia mí y con su lengua recoge todas las gotitas de agua que se deslizan por mis gemelos, muslos e ingles. Cuando se aproxima al sexo, le retiro la cara para exprimirle la naranja en su boca.
Repite la operación, bajando hacia el suelo de nuevo y volviendo a subir. Esta vez, cuando llega a la entrepierna, me doy la vuelta para que, desde delante y hacia atrás, seque mi perineo y mis nalgas.
Levanto mi brazo en el aire con la otra mitad en la mano. Me ve y se separa de mi cuerpo, abriendo su boca. Vuelvo a apretar la fruta y algunas gotitas caen en su boca; otras en su torso y otras en el frío suelo.

-Bueno cariño, si quieres más, ve a la nevera... aunque creo que no hay. Igual tienes que comprar ahora cuando bajes.
-Sí... sí, mi reina.

Le doy un beso en los labios, le acaricio el pelo y me voy al salón. Ya desde allí, y con el libro abierto recuerdo y grito: ¡Tesoro, compra también unas latas de atún! ¡Y por favor, coge mi ropa del suelo y métela a lavar!

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sábado, 16 de agosto de 2008

Pewnie

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INGREDIENTES:
- Una tableta de chocolate negro especial para repostería (utilizar onzas al gusto).
- Azúcar (al gusto, por si se desea endulzar más).
- Helado de vainilla (al gusto una vez más).
- Un adorador desnudísimo y dispuesto a complacernos.

PREPARACIÓN:
1. Derretimos el chocolate al baño maría.
2. Nuestro adorador ha de tumbarse encima de la cama: desnudo, con el sexo completamente depilado y con una toalla debajo para no manchar las sábanas.
3. Dejaremos que el chocolate se enfríe un poco (no demasiado).
4. Verteremos el chocolate sobre el sexo, dejando que el líquido manjar se amolde a las formas específicas e inigualables de “nuestro sexo”.
5. Lo dejaremos enfriar, ahora sí, el tiempo que nos plazca hasta que se solidifique el chocolate (podemos acelerar el proceso abanicando, soplando o produciendo aire con algún utensilio).
6. Colocaremos dos bolas de helado de vainilla en los testículos, aunque, si os gusta mucho el helado, podéis recubrirlo entero de helado (esto también puede ayudar a enfriar el chocolate).

SUGERENCIAS:
Podéis completar con sirope de caramelo o de chocolate (no sólo en el sexo ;-)
También es divertido observar las reacciones del adorador durante la preparación del pewnie, no os las perdáis.
¡El chocolate negro no engorda y está lleno de beneficiosas propiedades para el organismo (mínimo un 70% de cacao)... el pene y los testículos ¡también!

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miércoles, 13 de agosto de 2008

Lazo verde: Los DDC (Días de Dedicación Completa)

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Como hombre entregado que soy, procuro hacerle la vida a mi dama más dichosa, agradable y llevadera. Este principio ha de sustanciarse en un ejercicio cotidiano, lleno de matices y gustosos deberes. Quien haya leído otras entradas de este blog, sabrá que entre ellos están las tareas domésticas, los masajes, el cuidado de su cuerpo… Experiencias maravillosas, que hacen del día a día –y la noche a noche-, un universo mil veces feliz para ambos.


Lo anteriormente expuesto, no quita que se presenten ocasiones en que hay que prestar una especial atención y disposición en todo lo que atañe a sus asuntos. Son días en los que hay que renunciar a cualquier obligación que tengamos: hemos de dedicárselos exclusivamente a ella, desde el primer al último minuto. Son los Días de Dedicación Completa, los DDC.

Habitualmente, los DDC son jornadas agotadoras, en las que rara vez veo a mi dama. Suelen surgir cuando a ella se le plantea la disyuntiva entre la necesidad de hacer cosas y la oportunidad de ocio, entre atender obligaciones o disfrutar de diversiones. En momentos así, la adoración es un regalo para ella: si no estuviera yo, tendría que renunciar a pasar un día agradable.


Por otro lado, los DDC no nacen, se hacen. Suelen principiar en una cena que esa noche ha decidido celebrar con sus amigas en la casa, de la cual soy el encargado de preparar para luego marcharme discretamente “por ahí”, y quedarme esperando un mensaje al móvil para volver, recoger la casa y fregar los platos mientras ella se toma una copita “por ahí”… o con una escapada de fin de semana con estas amigas o con otras, para la que tengo que reservar hotel, planificar la ruta y prepararle la maleta; a partir de ahí, se van acumulando tareas varias, que pueden ser hogareñas –aprovecha cariño que no voy a estar en casa para limpiar a fondo la cocina, limpiar el trastero, lustrar mis zapatos o pintar la habitación-, o exteriores, como gestionar papeleos, recoger prendas en la tintorería o pagarle la cuota del gimnasio; muchas veces, se combinan de ambos tipos.


El nivel de exigencia va subiendo, y es en los DCC donde se manifiesta -de modo más evidente que con cien latigazos-, el inmenso placer que una mujer obtiene mediante la dominación. Primero, por el contraste que conlleva estar atareado hasta el infinito mientras ella disfruta despreocupada; segundo, porque cada vez me exige más y más, hasta encontrar verdadero goce en tenerme pendiente todo el rato de sus deseos, caprichos y órdenes, y finalmente, porque no hay ninguna connotación erótica o sexual –al menos, para ella-, en que cumpla con exactitud sus indicaciones, si no simplemente un purísimo deseo de ser servida hasta la extenuación y un poco más allá.


Dedícate a mí que yo voy a divertirme: este planteamiento es la base de los DDC. El placer de complacerla y de ser complacida, la afirmación práctica, veraz y realista de la dominación femenina, la excitación de servir de modo absoluto, sin pedir nada a cambio… Y un lazo verde que te recuerda constantemente tu entrega, mientras ella se olvida de todas las preocupaciones gracias a ti.

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domingo, 10 de agosto de 2008

Intro Lacística

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Hace poco, le regalé unos pendientes de ámbar y una gargantilla de plata; ella me correspondió con una tira de delgado raso rojo -que además, le salió gratis en la mercería-, cuya función es circundar mi pene, concluyendo en un lacito rojo.


Por tiempo indefinido, he de llevar el pene enlazado, como un regalo perenne, durante todo el día. A ella le divierte mucho verlo así, a la par que manifiesta el control que tiene sobre él.

(Ver entrada: “de lazos y collares”)

Fruto de esta experiencia, se me ocurrió la idea de desarrollar un código de cintas de colores, con el objetivo de que mi adorador satisfaga mis deseos más habituales. Así, ha nacido una nueva disciplina semiótica: la Lacística.

DEFINICIÓN
La Lacística es un sistema de signos que, mediante la elección del color de un conjunto de cintas de raso que se enlazan en la base del pene, transmite al hombre una serie de deseos ideados para la satisfacción de la mujer.

UTILIDAD DE LA LACÍSTICA
Una relación estable de dominación femenina se fundamenta en cumplir los deseos de la mujer. Cuando algunos de estos deseos se conforman como hábitos, resulta de mucha utilidad un código que establezca de forma clara, sencilla y efectiva, cuáles son estos deseos habituales y, en correspondencia con ellos, cuáles son los compromisos que adquiere el hombre para llevarlos a cabo.

Un código de signos que recoja estos deseos ahorra tiempo y esfuerzo, simplificando las labores del hombre y facilitando la complacencia de la mujer.

Así mismo, si este código está cimentado en un símbolo ambivalente que proclame la dominación femenina y la entrega masculina, servirá para subrayar ambos conceptos.

SIMBOLOGÍA, POSICIÓN Y USO DEL LAZO
El lazo representa para el hombre el símbolo de su entrega a la mujer, reforzando de este modo los sentimientos de adoración, entrega y obediencia.

Del mismo modo, el lazo confiere a la mujer un símbolo de poder y dominio sobre el hombre, explicita quien manda en la relación y confirma la realización de sus deseos, caprichos y órdenes.

Para que este símbolo tenga la mayor efectividad, se sitúa en la base del pene; escogiendo una cinta de raso del color decidido, se enlaza con firmeza y suavidad.

Cada color se corresponde con un deseo determinado, que puede ser más o menos concreto. Puede ser establecido para un deseo concreto o una serie de deseos en un tiempo determinado. Pueden combinarse varias cintas de raso, si es gusto de la mujer que el hombre realice varias tareas a la vez.

En el caso de no expresarse un tiempo determinado, mientras dure el mandato de la mujer, la cinta de raso permanecerá enlazada, siendo potestad de la mujer decidir cuándo ha sido cumplido su deseo. El hombre no podrá quitarse la cinta por propia voluntad, y habrá de permanecer con ella el tiempo que la mujer estime necesario (horas, días, semanas).

Será responsabilidad del hombre mantener el lazo, anudándolo de nuevo si se desenlaza, o cambiando la cinta por otra si se deshilacha, ensucia o estropea.

La mujer podrá usar a su antojo, en cualquier momento y lugar, del poder de los lazos.

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miércoles, 6 de agosto de 2008

Consejos para el lavado de la ropa delicada

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Son las prendas más envidiadas y adorables del universo, ya que no sólo están en permanente contacto con sus encantos; también contribuyen a su bienestar y confort más íntimo. Por ello, lavar la ropa interior de nuestra dama es un privilegio inmenso y precisa de una serie de atenciones especiales, que nos dan la oportunidad de demostrar nuestro cariño y entrega.

Para mí, es una excitante ceremonia de adoración. Suelo hacerlo de rodillas, desnudo, entregado en cuerpo y alma a mi labor. Y es que tener y mantener la ropa interior femenina en perfecto estado es una deliciosa obligación del hombre, a la que ha de concederse la máxima importancia ¿Cómo hay que proceder para que nuestro objetivo se cumpla?

En primer lugar, hemos de olvidarnos de la lavadora. La gran mayoría de la ropa interior es delicada: los aros de los sujetadores se pueden estropear, las bragas y braguitas padecen un desgaste innecesario, los encajes sufren, las delgadas tiritas de los tangas se deforman y la elasticidad y la suavidad de las prendas va desapareciendo paulatinamente. Nuestra única y agradable opción es el lavado a mano.

Respecto a las restantes prendas, es aconsejable consultar la etiqueta del fabricante, donde suelen indicar el tipo de lavado adecuado, pero, en caso de duda, usad vuestras manos. Los bikinis y los bañadores, las medias, y por supuesto, cualquier blusa o pantalón que sea especialmente delicada, hemos de incluirlos sin dudar en nuestra lista de lavado a mano.

Para ello, adquiriremos en la tienda detergentes líquidos ideados para lavar a mano (Woolite, Norit), e incluso los más mañosos pueden fabricar un jabón suave, al que añadiremos una fragancia del gusto de nuestra dama. Lavaremos cada prenda por separado, sin mezclarla jamás con ropa de otros colores. Con mucho cuidado y siempre dentro del agua, la frotaremos suavemente con nuestros dedos; nunca frotes entre sí las partes de la prenda, y menos contra una superficie dura. Finalmente, asegúrate de que no queda en ella rastro de jabón y procede a su aclarado -nunca a su remojo-, con el grifo de agua abierto. Con precisión y tacto, las colgaremos a secar, cuidando siempre de no colocar las pinzas en sitios que después pueden quedarse marcados por las mismas. Tras haber tendido las prendas, aplicaremos una crema a nuestras manos. No olvidad que ellas son las encargadas de dar masajes, y han de estar suaves y hidratadas ;-)

Finalmente, una vez secas, las doblaremos y guardaremos con mimo y orden en los cajoncitos del armario o de la mesita de noche acondicionados al efecto. Podemos forrarlos con papel de seda, y añadir flores secas con alguna fragancia, siempre muy suave. Esta fragancia la podemos cambiar en cada estación del año.

Podéis solicitarle el privilegio de ponérsela cuando se vista. Hacedlo sin rozarle siquiera la piel, no hagáis de una oportunidad de adorarla una excusa para un toqueteo fugaz: es vuestra diosa, y como tal tenéis que tratarla. Contened vuestros impulsos y seréis hombres felices y mejores servidores.

Tampoco estaría mal que de vuestro presupuesto salga siempre el gasto que conlleva comprar ropa interior. Es muy estimulante adquirir prendas que luego enmarcarán los encantos de nuestra dama y nos hará prestar atención a sus gustos en colores y formas.

Espero que estos consejos os sean de ayuda para poblar de sonrisas los rostros agradecidos de vuestras diosas. Ellas se lo merecen.

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domingo, 3 de agosto de 2008

Sweet about me

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If there’s lessons to be learned... Gabriela Cilmi, cantante australiana, nos deleita con "Sweet about me".
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viernes, 1 de agosto de 2008

Entrevista de trabajo

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- Octavo piso.

- Muchas gracias.

Ana entra con paso firme en el ascensor. Pulsa el botón y se despide con una media sonrisa del conserje, que observa admirado su belleza y seguridad. Cuando la puerta acaba de cerrarse, se apoya contra la pared, fatigada. Suspira profundamente.

Es la cuarta entrevista que tiene esta mañana. Tiene los pies cansados, le empieza a doler la cabeza. “Verdaderamente, no hay peor trabajo que buscar trabajo”, se dice, mientras abre la boca y contempla en el espejo sus cinco empastes; se los ha hecho recientemente. Hace un par de meses, cuando no sospechaba que la empresa iba a quebrar.

“Anita, hija, tú al menos eres joven, pero yo no soy nada. A ver adónde voy, con cincuenta y dos años” - le decía el gerente, Julio-, “Demasiado viejo para aprender y demasiado joven para jubilarme”. Sin embargo, Julio ha logrado colocarse; lleva la contabilidad de una cadena de supermercados. Cobra la mitad que antes y curra el doble, pero puede cotizar. Este hecho le ha dado a Ana muchas esperanzas, y se ha lanzado a buscar trabajo con voracidad.

Un timbre le avisa que ha llegado al octavo piso. Avanza por el vestíbulo. Llama a una puerta donde hay un letrero que dice “SELECCIÓN DE PERSONAL”. Nadie le abre ni se dirige a ella. Observa con detenimiento el cartel y encuentra escrito a mano “PASE SIN LLAMAR” Está claro que alguien se ha cansado de abrir y cerrar la puerta; eso indica que dentro ha de haber más personas de la esperadas…

No se equivoca. Entra con decisión, y ve una habitación atestada de mujeres de su edad, quizás haya unas veinte. Ana saluda cortésmente. Nota como la miran, de arriba abajo, y nota en sus miradas más simpatía que rivalidad. Veinte mujeres de veintantos años, llegadas de distintas entrevistas de trabajo, cansadas de competir y ser más guapa y lista que ninguna. Qué se jodan los sociólogos y los sicólogos de empresa. Ella no odia a nadie.

No hay un asiento libre. Los tacones le están matando, así que se apoya contra la pared. Coge una revista y la va hojeando. Con el rabillo del ojo, observa la habitación. Es alargada, con una docena de sillas dispuestas a lo largo de la pared. Varios pósteres enmarcados de lugares exóticos adornan la pared, pintada de azul marino. Al fondo, a la izquierda, la puerta que conduce al despacho de la entrevista.

La puerta se abre y cierra varias veces; por fin, Ana coge asiento. Parece que es la última, detrás de ella no ha venido nadie más. Se muerde los labios; le encantaría fumarse un cigarrillo, pero sabe que no debe. Si al menos pudiera descalzarse…

Pasan las horas. Sólo quedan tres chicas delante de ella. Ana procura distraerse pensando en mil cosas. Ha leído todas las revistas, se ha bebido la botellita de agua mineral que llevaba en el bolso, ha ido dos veces al baño – donde ha encendido dos cigarrillos, les ha dado unas caladas y los ha tirado-, ha viajado por todos los destinos de los pósteres. Por un instante, un sólo momento nada más, cierra los ojos.

Cuando los abre, se encuentra a un joven mirándole con curiosidad. Ana se sobresalta y mira a los lados. No queda nadie en la habitación, a excepción del sonriente joven, que le dice:

- Eres la última.

Ana sonríe. Se siente pegada a la silla. No sabe qué decir; sí sabe qué pensar: “¡Mierda, mierda y mierda!, se dice.

- Es normal – le tranquiliza el joven-, a mí también me pasó una vez. Lo mío fue mucho peor; tú no roncas, pero yo…

Ana se ríe. El joven es atractivo. Lleva unas gafas algo anticuadas, que enmarcan unos ojos verdes oscuros. Viste un sencillo traje de chaqueta azul, camisa blanca y corbata roja. Nota con agrado que tiene unas manos preciosas, bien cuidadas.

- Ven, mientras hacemos la entrevista nos tomaremos un café…
- ¡Uf! – le responde Ana- Será mejor dejarla para otro día, no estoy en condiciones.

El joven le mira, analizándola. Parece que va a decirle algo; al final, se encoge de hombros, y le dice:

- Cómo quieras. Apúntame tu nombre y teléfono.
- Claro… ya me llamarás – le dice Ana, poco convencida.
- Yo siempre llamo.
- ¡Por supuesto! Bueno, adiós y buenos días, tardes o lo que sea, le responde Ana.
- ¿…Cómo te llamas?

Ana se levanta. Siente el pie izquierdo dormido. Mira directamente a los ojos del joven, y le dice:

- Mejor te llamaré yo. Tengo otras ofertas que considerar.

El hombre se queda sorprendido, los ojos muy abiertos. Ana sonríe y satisfecha de sí misma, se gira y emprende el camino hacia el ascensor. Ahora él la mirará, se fijará en su culo, en el vaivén de sus caderas y se quedará prendado. Se volverá loco buscándola, y si no es muy torpe, encontrará su nombre y su currículo. Ha tenido el golpe de suerte que esperaba.

No ha dado cuatro pasos, cuando trastabilla. Soltando un grito, logra agarrarse a una silla. Aún así, se cae. El joven se acerca a atenderla. Le levanta, y le sienta en la silla. Le acerca un vasito de plástico con agua, del que ella bebe unos sorbitos. Ana siente arder el tobillo. Con gesto de preocupación, el joven se agacha ante ella, y le examina el pie.

- Parece que no es nada… Déjame ver, tengo algunas nociones de fisioterapia…

Ana se quita el zapato. Le entrega el pie, colocándolo sobre el muslo de él. Con delicadeza, el joven palpa el tobillo. Recorre con suavidad el empeine del pie; Ana siente un dulce estremecimiento.

- Tienes unas manos muy bonitas, le dice.
- Y tú unos pies preciosos, le responde el joven.

Entonces, ocurre. Se miran la una al otro; una con picardía, el otro con ansiedad. Ceremoniosamente, como quien descorcha un momento de placer embotellado, el joven besa el pie. Ana cierra los ojos y sonríe.

El joven sigue besándole con delicadeza, diríase que pidiéndole permiso. Poco a poco, desciende hasta los dedos, a los que también cubre de besos. En tanto, descalza a Ana del otro pie y comienza a realizar una exquisita maniobra conjunta; mientras besa uno, aplica un suave masaje al otro, desde el tobillo hasta los dedos. A Ana sólo le falta ronronear.

Con cuidado, el joven elige un pie, lo levanta y lo lleva hasta su boca. Ana siente el tacto húmedo y sabio de su lengua recorriendo la planta, despertando terminaciones nerviosas, desterrando toda la tensión acumulada. De los pies de Ana nacen alas, y sus sentidos emprenden el vuelo.

El joven, goloso, lame y relame la planta, chupa los dedos uno por uno… A veces pone la lengua como una flecha y recorre los huecos entre los dedos, otras veces es una alfombra húmeda y suave que se desliza por la planta. De tarde en tarde se detiene, y le presta a sus manos lo que su lengua cuida con tanto mimo; lo que hacen las manos resalta el trabajo de la lengua, lo que hace la lengua hace casi olvidar el trabajo de las manos.

Curiosa, busca más allá de los muslos del joven una respuesta, y encuentra un bulto duro en la entrepierna, rebelde y excitado. Apoya un pie sobre él y divertida, dice:
- Oye, ¿cómo te llamas?
- Roberto.
- Vale, Roberto, pues Ana te pide que te bajes los pantalones.

Roberto obedece y, un poco avergonzado – sin dejar de estar arrodillado, lo que hace el strip-tease un poco cómico- le descubre un sexo de muy buen ver, grande y poderoso. Ana siente un arrollador impulso de poseerlo y, en tanto que Roberto le succiona solícito, ella con el pie libre le da pataditas, lo pisotea e intenta arañarlo. Entre risas, Roberto le revela que el castigo parece gustarle, pues se aplica más aún a su deliciosa labor y su polla se endurece aún más. Parece que fuera a estallar. Pero Ana no desea que acabe tan pronto la función y vierte el vaso de agua en el sexo de Roberto, que gime excitado.

Lejos de doblegarle, el agua parece haber hecho entender a Roberto que ha de proceder con más calma. Su pene sigue erecto y aguanta con descaro las acometidas de Ana; Roberto se muestra más preocupado y dedicado a satisfacerla. Pasan los minutos. La tarde parece llegar a la oficina, los objetos van quedando en penumbra y Ana, por primera vez en su vida, no corre gracias a sus pies, si no que se corre gracias a ellos. Bueno, y también a Roberto.

Exhausta se levanta y acaricia la cabeza de Roberto. Le da un ligero beso en los labios, se incorpora y se deja poner los zapatos. Se levanta y se dirige a la puerta, dejando a Roberto avivadísimo y entregado. Ana sonríe y, con la puerta ya abierta, le dice:

- Bueno, ya me llamarás.

Y sin darle la oportunidad de replicar, cierra la puerta y se va.

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