domingo, 8 de febrero de 2009
El secreto (versión dura)
-¿Estás segura de que quieres hacerlo?
-¿Tú no lo estás?
En su rostro apareció una leve sonrisa nerviosa y se hizo la sorprendida.
-Sí, sí yo lo tengo claro...lo que ocurre es, que nunca se me pasó por la cabeza que te gustasen estas cosas...
-Bueno, yo tampoco lo esperaba de ti sinceramente...
Sus labios se apretaron con más fuerza si cabe.
-Lo que quiero que quede claro, aunque ya te lo haya repetido unas cuantas veces, es que si en algún momento no te sientes cómoda, simplemente te vayas...lo entenderé perfectamente.
-Tranquila, se que contamos con la suficiente confianza para hacer eso sin que te molestases por ello.
-De acuerdo...me dejas más tranquila.
Mi amiga y yo bajamos toda la calle hacia abajo. Había estado toda la mañana lloviendo y el cielo aún estaba gris. Era una tarde de sábado ideal para tomarse un té calentito; por eso decidimos ir a nuestra tetería favorita.
Atravesamos la puerta. Como siempre la intimidad y el confort emanaban de las alfombras, las cachimbas, los tés humeantes y las cálidas carcajadas grupales. A nosotras nos gustaba especialmente la planta de arriba donde además se respiraba la bohemia.
Ya en el rellano nos cruzamos con el Chapi, niño rico y dibujante que le encantaba jugar a ser hippie o a Blasa, que le fascinaba “vivir del cuento”. Gracias a las fantasías infantiles podía pagarse el alquiler.
Lo bueno de aquella segunda planta, era que las paredes, personas y camareros eran ciegos. Casi casi se trataba de un encantamiento. Todo lo que sucedía entre aquellos grandes almohadones y tras las cortinas con motivos nazaríes quedaba sepultado como un gran secreto bajo los tablones de madera del suelo y no se filtraba nunca ni a la primera planta ni a la calle. Por eso era un sitio elegido por artistas... era un sitio escogido por los más morbosos.
Atravesamos un pequeño patio con pasarela y nos situamos en la última estancia. Allí sólo había una pareja en la típica esquina “comprometida”. Nosotras elegimos dos mesas que estaban juntas, cerca de la ventana. Pedimos un te rojo y otro de canela y esperamos un rato hablando de trivialidades.
A la media hora, y tal como lo había confirmado, llegó mi adorador:
-Buenas tardes señoritas ¿qué tal todo?
-Muy bien-respondí-charlábamos de todo un poco.
-¿Ah sí? ¿de qué?
Con mucha sutileza, y facilitando la labor, mi adorador se hizo paso entre las mesas y se sentó entre las dos. La conversación se alargó otro tanto...pudieron ser un par de horas y cuatro tés; estas cosas necesitan de su tiempo. Tiempo para que todos los implicados se mentalicen y cojan confianza.
Pero al cabo de aquellos 180 minutos el repertorio de temas se había acabado y lo que más me divirtió fue como mi adorador se las apañó para terminar hablando de embutidos para crear atmósfera.
-...pues si hijo...está hasta las narices de la tienda. Ha pensado unas cuantas veces en venderla, pero al final no se lanza. Lo entiendo por otro lado, porque una carnicería da mucho dinero y su mujer le echa una mano.
-A mi una carnicería me parece un sitio muy erótico y sugerente...
Mi amiga empezó a sonrojarse de nuevo, sobre todo cuando dirigió una mirada al resto de la habitación y comprobó que estaba bastante llena de gente. Sin embargo, lo que iba a acontecerse entre nosotros, era de las cosas más “light” que podían sucederse en un sitio como aquel.
-Bueno, no todas las mujeres necesitamos una carnicería para poder disfrutar de buenos salchichones, sugerí.
Mi mano fue directa al paquete de mi hombre y comencé a sobarlo con tranquilidad. Él cerró los ojos y se sumergió en las sensaciones concentrándose en mi mano habilidosa. Miré a mi amiga, que miraba con los ojos muy abiertos la escena.
Besé los labios de mi adorador y mi boca se desplazó hasta su cuello. Un cuello tentadoramente masculino. Mientras repasaba su nuez varonil con mi lengua, eché una mirada de reojo: a ella parecía estar haciéndosele la boca agua a pesar de preferir mantenerse al margen.
Adorador empezaba a tener calor y se quitó la sudadera. Debajo, una camiseta que no tardé en quitar yo, dejando al descubierto un torso pulcramente depilado y con claras marcas de gimnasio. Ella codificó todos los detalles de ese cuerpo que era el mío. Le apreciaba y por eso había decidido compartirlo con ella, prestárselo como quien presta una falda o un libro...podía elegir.
Toqué los brazos, toqué su abdomen, estimulé y pellizqué sus pezones...
-¿Te gusta?
-Está muy bien...
-¡Ya te digo!
Él sonrió relajadamente pero no miró en ningún momento a mi amiga. Sabe que él es el objeto pasivo y que sólo se deja hacer...nada de iniciativa.
Desabroché el pantalón...esos ojos curiosos seguían espectantes. Cuando la gran prodigio de la naturaleza quedó liberado no pudo evitarlo:
-¡Joder!-se puso una mano en la boca-impresionante.
-Sí, lo es...
-Echa un montón de líquido preseminal...¡está empapado!
-Sí, eso es lo que más me excita
-¿Hey, chicas habéis visto esa polla?
Las tres miradas se dirigieron a un grupo de amigos que estaban en frente nuestra...las chicas silbaban y se reían:
-¡vaya festín os vais a pegar cabronas!
-Sí...(dijo mi amiga más animadilla)
Cogí su mano y la puse en el tronco de mi pene. Ella le miró y efectivamente seguía absorto, con los ojos cerrados.
-Pásalo bien, igual nunca puedes volver a vivir una oportunidad así...¿no crees que merece la pena?
Con mi mano aún encima de la suya, inicié la masturbación. Entre las dos ejecutamos la paja. Con la otras mano que le quedaba libre tocó el pecho de mi hombre e incluso se atrevió un poco con su cuello. Cuando la ví lo suficientemente animada la dejé sola y yo volví a los labios de mi adorador.
Él permanecia callado, pero eso no significaba que no tuviera nada que decir. De hecho no tardó en manifestarse su opinión al respecto: eyaculó enseguida, y es que a mi amgia no se le daba nada mal.
-Ahhhhhh, ohhhhh, mhhhh...
-Dios, como se corre...(dijo casi gritando)
-No me extraña, yo también me correría así (secundó un graciosillo).
-Ten, límpiate.
-Bueno, yo tengo que irme, ya te llamo mañana..¿vale?...A...Adios.
Salió disparada como un rayo entre las ovaciones del dinámico grupo de enfrente- Sólo entonces mi adorador abrió los ojos y me lanzó la pregunta.
-¿Crees que le habrá gustado?
-Acabamos de contribuir al nacimiento de una nueva mujer dominante.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Clase de hogar (2): la adoración
La clase se queda pensativa ante la pregunta de la profesora. Ésta taconea impaciente, y eso le recuerda lo bien que le quedan las botas de cuero sintético que le compró su marido. Se cruza de brazos y comienza a pasear por la clase, dejando discurrir a los chicos, inmersa en el rítmico sonido de sus tacones; algún chico se queda absorto mirándola, hinoptizado, contemplando su inalcanzable poder de mujer madura: la promesa del futuro.
- Adorar es un verbo que engloba muchas cosas –acierta a decir uno, que hasta entonces no había hablado, y creo que se tiene que adaptar a lo que la mujer requiera; lo que para unas puede serlo, para otras no, y lo importante es que la mujer esté satisfecha.
- Para mí -dice la chica que está a su lado, es algo muy claro: yo lo encuadraría en servicios íntimos: dar masajes, lavar el pelo, hacer la pedicura y la manicura; debería saber hasta maquillarme, que a veces me da una pereza...
- Ambos habéis dado la respuesta correcta –dice la profesora. El hombre ha de estar pendiente de los deseos de la mujer, es su función primordial, y la mujer tiene que conocer sus propios deseos, profundizar en ellos y desarrollarlos. Para ti, adorarte significa lo que has dicho; para otra mujer, quizás sea llegar a casa y encontrarlo todo limpio y en orden; puede que para una tercera mujer sea que su hombre cuide su cuerpo para que ella disfrute de él... La adoración a la mujer es una copa, que cada mujer llena con la bebida de sus propios deseos.
- Vaya, yo también quiero todo eso –dice la chica. ¿Tú estarías dispuesto?, le pregunta al chico.
- Y a más. Con tal de complacerte, lo que sea.
Un aplauso espontáneo arranca de las chicas de la clase. El chico se pone colorado; los demás, le miran con envidia.
- Entonces, la lista puede ser interminable... –dice otra chica- ¿Hasta qué punto podemos exigir ser adoradas?
- Eso lo marca el sentido común, querida. No se trata de tenerlo todo, si no de tener lo mejor. Dominar es una responsabilidad, aún en el capricho, y tenéis que acostumbraros a ejercer esa potestad con sensatez y naturalidad.
La clase asiente; algunos toman notas. La profesora sonríe satisfecha. Éste parece ser un buen grupo; está deseando que transcurra rápido el primer trimestre y pasar a las prácticas: seguro que van a ser muy interesantes.
sábado, 29 de noviembre de 2008
Clase de hogar (1): la pirámide de las tareas
- Chicos, es importante, a la hora del planchado, hacerlo de forma cómoda y en una buena superficie. A la hora de comprar una tabla para planchar, se debe tomar en cuenta que ésta sea regulable, manejable y no muy pesada. Además, hay que fijarse que la funda sea material ignífugo: la seguridad es muy importante.
- ¿Cúal es la mejor plancha?, pregunta interesado uno.
- No nos adelantemos, ya contestaremos a eso después. De todas formas, es agradable comprobar vuestras ansias por saber. El planchado es una faceta fundamental en las tareas domésticas, y un hombre ha de saber hacerlo, como mínimo, a la perfección.
Todos miran a la profesora con atención; estaban deseando empezar este trimestre.
-En el resultado de esa labor influye de modo determinante nuestra supervisión, ¿no?, pregunta una chica.
- Por supuesto. Tan importante es trabajar bien como revisarlo concienzudamente.
- Pero... –dice otra chica, con cierto tono burlón- no será necesario estar todo el día encima del hombre indicándole cómo tiene qué hacerlo y cómo no... Porque si es así, menuda lata.
- Tienes toda la razón; hemos nacido para ser complacidas, no para vigilarlos. Pero eso no quita que aprendamos a distinguir cuando se trabaja bien y cuando no.
- Además –tercia el chico que habló primero, la supervisión de un buen planchado es sencilla: se realiza en el momento de ponerse la ropa.
- Oye, que no es tan fácil. Hay que revisar que no haya arruguitas, que los pliegues estén bien perfilados. ¡Anda que no os pone cuando nos ponemos examinadoras!
Un coro de risas estalla en la clase. La profesora espera hasta que cesa.
- Muy cierto es lo que dices –dice, y aquí se puede ver una de las bases de nuestro poder: a ellos les excita servirnos. Por ello, a veces precisan de estas escenas caseras, en las que subrayamos su adoración y nuestro dominio. Al principio de las prácticas, os parecerán estas revisiones gratuitas, y en cierto sentido, un modo erótico de pagar sus servicios; poco a poco, iréis viendo que no son sólo divertidas, si no también estimulantes y necesarias, tanto para comprobar realmente el trabajo doméstico de nuestro hombre como para afianzaros en vuestra postura. Las mujeres tenemos que aprender a ser lo que siempre fuimos: las diosas vivientes de los hombres.
Ahora hay un murmullo de aprobación en clase. Las chicas sonríen, los chicos se muestran expectantes y excitados.
- ¿Cuándo empezamos las prácticas?, pregunta la chica de antes.
- Al final de este trimestre –responde la profesora, mientras empieza a escribir en la pizarra. Cuando hayamos estudiado en clase la pirámide de las seis tareas domésticas fundamentales:
cocinar comprar
lavar limpiar planchar
- Evidentemente, estos verbos son de conjugación masculina; las formas pronominales femeninas -ella, nosotras, vosotras y ellas-, no se usan.
- ¿Hay verbos exclusivamente femeninos?, pregunta un chico.
- Así es: ordenar, supervisar y corregir.
- ¿Y comunes a ambos sexos?, interroga otra chica.
- Dos: amarse y disfrutar.
- ¡Qué asignatura tan interesante! exclama convencida.
- ¿Verdad que sí? A ver, ¿alguien podría decirme en que labores podemos subdividir “adorar”?
viernes, 31 de octubre de 2008
Un restaurante muy especial (y 2)
No tardó mucho en regresar el camarero, acompañado del foie y dos apuestos compañeros. Para sorpresa de Paula, se pusieron una venda sobre el antifaz, y se colocaron bajo la mesa, sentadas frente a ellas.
- Si gustáis de descalzaros... dijo el camarero.
Bastante cortada, Paula fue animada por su amiga a hacerlo. Con suma delicadeza, sintió que unas manos comenzaban a acariciarle los pies.
Paula probó el foie. Era divino, un trozo de cielo naranja que se deshacía en la boca. Al tiempo que lo degustaba, sintió la lengua del hombre lamiendo sus pies, lo justo para excitarla y permitirle seguir comiendo... Las amigas apuraron la botella de Monopole con rapidez. Cuando regresó el camarero a retirar los platos, Paula jugaba con el sexo de su lamedor, pisoteándolo y dándole golpecitos, sorprendida al no escuchar la menor queja, divertida al comprobar que estaba duro y agradecido.
- ¿Es todo de vuestro gusto?, preguntó el camarero.
- Mmmm... -dijo Paula.
- Estupendo -contestó el camarero. ¿Habéis consultado la carta?
- Sí. Yo quiero Una chantoisse de bogavante con un touch-tounge... Paula, ¿lo mismo?
- Ahá. Y otra botella de Monopole, respondió Paula.
El servicio era eficaz, y al punto, regresó el camarero con lo solicitado. Con discreción, accionó un mecanismo en la silla, y Paula notó como el asiento se abría levemente. Sintió que su sexo entraba en contacto con el perfumado aire de la sala, pues siguiendo los consejos de su amiga, había acudido a la cita con una falda de amplio vuelo y sin ropa interior.
- Colocaos en posición, ordenó el camarero a sus compañeros.
Sin hacer ruido, casi coreográficamente, los dos hombres apoyaron sus cabezas en unos mullidos respaldos, que venían a situarse justo debajo del sexo de las comensales; ahora entendía Paula el diseño de las sillas.
El placer volvió, intenso y creciente. Verdaderamente, estaban bien adiestrados en el arte del cunnilingus. Paula podía deleitarse con la espléndida comida y, a la par, sentir un sosegado y poderoso goce entre sus piernas. Era como volar en una alfombra mágica, mientras el viento jugaba con el sexo.
Llegó la hora del postre, y los hombres se retiraron, empalmados y relamiéndose. Su amiga había requerido una cookie strap para finalizar la cena, y Paula rió divertida cuando apareció un hermoso joven con una bandeja de variadas galletas de chocolate -humeantes y ardientes-, y una selección de consoladores y pinzas. Sin decir nada, se situó encima de la mesa, boca abajo, y el camarero repartió por su cuerpo las galletitas. Los consoladores y las pinzas quedaron al alcance de ellas, que lo pasaron muy bien jugando con el culo del joven, metiéndole los consoladores, en tanto que degustaban las galletas. Era increíble lo bien que estaba educado el culo, que admitía y acataba todas las formas y tamaños sin rechistar. Paula tuvo una idea, que pronto secundaron su amiga y el resto de las comensales; las pinzas las guardaron para el camarero, que pronto lucía -sobre todo en sus testículos y en el sexo-, un gran número de ellas.
- Vaya, qué pronto te has soltado -le dijo riendo su amiga.
- Me cuesta un poquito, pero cuando lo hago, me lanzo.
- ¿Sabes lo que más me gusta de este restaurante...?, le interpeló su amiga-, Lo que disfrutan los tíos entregándose... y que no pueden disimularlo; ¡menuda erección tienen todos!
- ¡Brindemos por los hombres desnudos y serviciales!, dijo Paula, satisfecha y feliz.
domingo, 5 de octubre de 2008
Un restaurante muy especial (1)
– Vamos.
Silenciosamente, las puertas se abrieron, descubriendóle a Paula un mundo nuevo. Ante lo que contemplaba, no pudo evitar sorprenderse, y mostrarse algo inquieta.
– La primera vez que entré, también me pasó igual -le tranquilizó su amiga-, una vez transcurridos unos minutos, lo verás como lo más natural del mundo ¡Y te aseguro que engancha!
– No lo dudo -le respondió Paula, mirando en derredor suya- Además, está decorado con mucho gusto.
– ¿Tú crees? Demasiado moderno para mi gusto, a mí me van las cosas más tradicionales.
El restaurante era, en efecto, un prodigio de formas sencillas y rectas. Predominaban el blanco y azul, que otorgaban a las mesas enormes, a las sillas de curiosa construcción, un punto de suave frialdad. Las luces indirectas, el levísimo rojo de los manteles y los variados colores de platos y vasos, atemperaban esta sensación, y predisponían a pasar un rato divertido.
– Vaya, qué bien huele -observó complacida su amiga-, me encanta como cuidan los detalles aquí.
Paula, con disimulo, derramó una mirada sobre las mujeres que en ese momento, semillenaban el restaurante. Hablando en voz baja, o ensimismadas en sus platos, escuchaban la deliciosa música que un dj guisaba para sus oídos. Curiosamente, cenaban sentadas de tal forma que no tenían nadie enfrente o al lado. Al verlas, instintivamente, Paula se llevó la mano a su rostro, ajustándose el antifaz azul que les habían dado en la entrada. Su amiga se rió.
– No te preocupes, que sigue en su sitio. Es la norma principal de la casa; aquí no hay identidades, sólo personas que cumplen sus deseos... Como éste que viene a atendernos.
Hasta los dos amigas se acercó un camarero, que llevaba también el antifaz, aunque en su caso, había dos cosas que cambiaban respecto a ellas; su antifaz era blanco e iba completamente desnudo.
– Buenas tardes -les saludó el camarero-, si gustáis de acompañarme...
Dejándolas pasar primero, el camarero les condujo a una mesa, y les retiró las sillas con presteza y naturalidad. Las amigas se sentaron, y fue entonces cuando el sexo del hombre quedó a la altura de sus ojos. Era grueso, y estaba depilado; el nombre del local estaba escrito sobre el pubis en letras azules.
– Bonito miembro -dijo su amiga.
– Gracias. ¿Deseáis en el aperitivo algún servicio especial?
– ¿Servicio especial? -repitió extrañada Paula.
– Mi amiga es la primera vez que viene -explicó su amiga.
– ¡Oh, bienvenida! Me atrevo a sugerirte una foie de ahumados con mermelada de eneldo, acompañada de un feet paradise.
– ¡Perfecto! -se adelantó su amiga-, traes lo mismo para mí. ¿Qué vino nos recomiendas?
– Un Monopole fresquísimo.
El camarero se retiró, llevándose prendidas en su culo dos miradas. Suspirando,le dijo su amiga:
– ¿Está rico, eh? La selección para servir aquí es muy estricta.
– Ya veo, ya. Oye...
– Calla y espera.
(continúa en "Un restaurante muy especial (2)")
viernes, 29 de agosto de 2008
Un millón de círculos
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Cuando apretara el botón, todo iba a cambiar. Mientras dirigía su dedo hacia el teclado, la Primera recordó cómo empezó la Idea.
Le acababan de despedir del trabajo, y a sus casi cuarenta años, le iba a ser complicado encontrar otro; no tenía muchos contactos, ni era especialmente inteligente ni hermosa. Era una mujer normal, en un mundo hecho por y para el hombre. Sólo una mujer en su situación podría entender la inmensa frustación de tener que sobrevivir en una sociedad cada vez más torpe e ineficiente. Las mujeres como ella no tenían muchas salidas, y se encontraban en un círculo del que no podrían salir.
Ése fue el germen de la Idea: el círculo. Había muchas mujeres insatisfechas, inquietas y malhumoradas, pendientes de las decisiones de los hombres. A veces, se reunían de forma casi inconsciente, y se despachaban de lo lindo sobre cómo estaba todo montado. Bien, eso tenía que acabarse, y el mejor modo era dejar de lamentarse y comenzar a actuar, creando círculos de mujeres que, poco a poco, arrebataran el poder a los hombres. Para ser operativos, estos círculos tendrían que ser de tres mujeres y un hombre; tres mujeres para sentirse en mayoría, unidas y seguras, y un hombre que se reuniera con ellas y aprendiera a respetarlas, servirlas y complacerlas. Quedarían una vez a la semana los cuatro, y discutirían el mejor modo de lograr la primacía femenina.
No había que olvidar el lado práctico: cada mes, el hombre atendería durante una semana a una de las mujeres del círculo, haciendo las tareas domésticas, prodigándole masajes y caricias y cualquier otra cosa o capricho que la mujer precisara. Una semana al mes quedaría libre de compromisos: el tiempo justo para desear volver a servirlas de nuevo.
A su vez, cada mujer crearía dos círculos más, con lo cual, además de estar atendida tres semanas al mes, expandiría los círculos progresivamente. Si todo iba bien, en poco tiempo habría decenas, cientos y miles de círculos, imponiendo con firme suavidad una nueva era ¿El hombre iba a prestarse a todo esto? Que así fuera era imprescindible y absolutamente natural. Siempre había sabido que los hombres habían nacido para complacerlas, sólo había que enseñarles.
No le sorprendió que los círculos se extendieran con rapidez. Ahora, justo en el momento que va apretar el botón que enviará miles de mensajes, sonríe: es la contraseña, la palabra clave que llevan esperando millones de mujeres para iniciar la revolución. Nada podrá pararlas.
Ya pasó todo. Hoy, el Primero plancha con delicadeza su ropa, mientras ella está fuera del hogar, de fiesta con sus amigas.
Y sin embargo, tras tantos meses de preparación, todo depende tan sólo de apretar un botón. “Qué sencillo es todo” -se dice, sonriendo para sí-, “y que difícil nos parece hasta que lo hacemos”. Sin más, pulsa el intro, y en ese instante, la vida también sonríe.
viernes, 1 de agosto de 2008
Entrevista de trabajo
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- Octavo piso.
- Muchas gracias.
Ana entra con paso firme en el ascensor. Pulsa el botón y se despide con una media sonrisa del conserje, que observa admirado su belleza y seguridad. Cuando la puerta acaba de cerrarse, se apoya contra la pared, fatigada. Suspira profundamente.
Es la cuarta entrevista que tiene esta mañana. Tiene los pies cansados, le empieza a doler la cabeza. “Verdaderamente, no hay peor trabajo que buscar trabajo”, se dice, mientras abre la boca y contempla en el espejo sus cinco empastes; se los ha hecho recientemente. Hace un par de meses, cuando no sospechaba que la empresa iba a quebrar.
“Anita, hija, tú al menos eres joven, pero yo no soy nada. A ver adónde voy, con cincuenta y dos años” - le decía el gerente, Julio-, “Demasiado viejo para aprender y demasiado joven para jubilarme”. Sin embargo, Julio ha logrado colocarse; lleva la contabilidad de una cadena de supermercados. Cobra la mitad que antes y curra el doble, pero puede cotizar. Este hecho le ha dado a Ana muchas esperanzas, y se ha lanzado a buscar trabajo con voracidad.
Un timbre le avisa que ha llegado al octavo piso. Avanza por el vestíbulo. Llama a una puerta donde hay un letrero que dice “SELECCIÓN DE PERSONAL”. Nadie le abre ni se dirige a ella. Observa con detenimiento el cartel y encuentra escrito a mano “PASE SIN LLAMAR” Está claro que alguien se ha cansado de abrir y cerrar la puerta; eso indica que dentro ha de haber más personas de la esperadas…
No se equivoca. Entra con decisión, y ve una habitación atestada de mujeres de su edad, quizás haya unas veinte. Ana saluda cortésmente. Nota como la miran, de arriba abajo, y nota en sus miradas más simpatía que rivalidad. Veinte mujeres de veintantos años, llegadas de distintas entrevistas de trabajo, cansadas de competir y ser más guapa y lista que ninguna. Qué se jodan los sociólogos y los sicólogos de empresa. Ella no odia a nadie.
No hay un asiento libre. Los tacones le están matando, así que se apoya contra la pared. Coge una revista y la va hojeando. Con el rabillo del ojo, observa la habitación. Es alargada, con una docena de sillas dispuestas a lo largo de la pared. Varios pósteres enmarcados de lugares exóticos adornan la pared, pintada de azul marino. Al fondo, a la izquierda, la puerta que conduce al despacho de la entrevista.
La puerta se abre y cierra varias veces; por fin, Ana coge asiento. Parece que es la última, detrás de ella no ha venido nadie más. Se muerde los labios; le encantaría fumarse un cigarrillo, pero sabe que no debe. Si al menos pudiera descalzarse…
Pasan las horas. Sólo quedan tres chicas delante de ella. Ana procura distraerse pensando en mil cosas. Ha leído todas las revistas, se ha bebido la botellita de agua mineral que llevaba en el bolso, ha ido dos veces al baño – donde ha encendido dos cigarrillos, les ha dado unas caladas y los ha tirado-, ha viajado por todos los destinos de los pósteres. Por un instante, un sólo momento nada más, cierra los ojos.
Cuando los abre, se encuentra a un joven mirándole con curiosidad. Ana se sobresalta y mira a los lados. No queda nadie en la habitación, a excepción del sonriente joven, que le dice:
- Eres la última.
Ana sonríe. Se siente pegada a la silla. No sabe qué decir; sí sabe qué pensar: “¡Mierda, mierda y mierda!, se dice.
- Es normal – le tranquiliza el joven-, a mí también me pasó una vez. Lo mío fue mucho peor; tú no roncas, pero yo…
Ana se ríe. El joven es atractivo. Lleva unas gafas algo anticuadas, que enmarcan unos ojos verdes oscuros. Viste un sencillo traje de chaqueta azul, camisa blanca y corbata roja. Nota con agrado que tiene unas manos preciosas, bien cuidadas.
- Ven, mientras hacemos la entrevista nos tomaremos un café…
- ¡Uf! – le responde Ana- Será mejor dejarla para otro día, no estoy en condiciones.
El joven le mira, analizándola. Parece que va a decirle algo; al final, se encoge de hombros, y le dice:
- Cómo quieras. Apúntame tu nombre y teléfono.
- Claro… ya me llamarás – le dice Ana, poco convencida.
- Yo siempre llamo.
- ¡Por supuesto! Bueno, adiós y buenos días, tardes o lo que sea, le responde Ana.
- ¿…Cómo te llamas?
Ana se levanta. Siente el pie izquierdo dormido. Mira directamente a los ojos del joven, y le dice:
- Mejor te llamaré yo. Tengo otras ofertas que considerar.
El hombre se queda sorprendido, los ojos muy abiertos. Ana sonríe y satisfecha de sí misma, se gira y emprende el camino hacia el ascensor. Ahora él la mirará, se fijará en su culo, en el vaivén de sus caderas y se quedará prendado. Se volverá loco buscándola, y si no es muy torpe, encontrará su nombre y su currículo. Ha tenido el golpe de suerte que esperaba.
No ha dado cuatro pasos, cuando trastabilla. Soltando un grito, logra agarrarse a una silla. Aún así, se cae. El joven se acerca a atenderla. Le levanta, y le sienta en la silla. Le acerca un vasito de plástico con agua, del que ella bebe unos sorbitos. Ana siente arder el tobillo. Con gesto de preocupación, el joven se agacha ante ella, y le examina el pie.
- Parece que no es nada… Déjame ver, tengo algunas nociones de fisioterapia…
Ana se quita el zapato. Le entrega el pie, colocándolo sobre el muslo de él. Con delicadeza, el joven palpa el tobillo. Recorre con suavidad el empeine del pie; Ana siente un dulce estremecimiento.
- Tienes unas manos muy bonitas, le dice.
- Y tú unos pies preciosos, le responde el joven.
Entonces, ocurre. Se miran la una al otro; una con picardía, el otro con ansiedad. Ceremoniosamente, como quien descorcha un momento de placer embotellado, el joven besa el pie. Ana cierra los ojos y sonríe.
El joven sigue besándole con delicadeza, diríase que pidiéndole permiso. Poco a poco, desciende hasta los dedos, a los que también cubre de besos. En tanto, descalza a Ana del otro pie y comienza a realizar una exquisita maniobra conjunta; mientras besa uno, aplica un suave masaje al otro, desde el tobillo hasta los dedos. A Ana sólo le falta ronronear.
Con cuidado, el joven elige un pie, lo levanta y lo lleva hasta su boca. Ana siente el tacto húmedo y sabio de su lengua recorriendo la planta, despertando terminaciones nerviosas, desterrando toda la tensión acumulada. De los pies de Ana nacen alas, y sus sentidos emprenden el vuelo.
El joven, goloso, lame y relame la planta, chupa los dedos uno por uno… A veces pone la lengua como una flecha y recorre los huecos entre los dedos, otras veces es una alfombra húmeda y suave que se desliza por la planta. De tarde en tarde se detiene, y le presta a sus manos lo que su lengua cuida con tanto mimo; lo que hacen las manos resalta el trabajo de la lengua, lo que hace la lengua hace casi olvidar el trabajo de las manos.
Curiosa, busca más allá de los muslos del joven una respuesta, y encuentra un bulto duro en la entrepierna, rebelde y excitado. Apoya un pie sobre él y divertida, dice:
- Oye, ¿cómo te llamas?
- Roberto.
- Vale, Roberto, pues Ana te pide que te bajes los pantalones.
Roberto obedece y, un poco avergonzado – sin dejar de estar arrodillado, lo que hace el strip-tease un poco cómico- le descubre un sexo de muy buen ver, grande y poderoso. Ana siente un arrollador impulso de poseerlo y, en tanto que Roberto le succiona solícito, ella con el pie libre le da pataditas, lo pisotea e intenta arañarlo. Entre risas, Roberto le revela que el castigo parece gustarle, pues se aplica más aún a su deliciosa labor y su polla se endurece aún más. Parece que fuera a estallar. Pero Ana no desea que acabe tan pronto la función y vierte el vaso de agua en el sexo de Roberto, que gime excitado.
Lejos de doblegarle, el agua parece haber hecho entender a Roberto que ha de proceder con más calma. Su pene sigue erecto y aguanta con descaro las acometidas de Ana; Roberto se muestra más preocupado y dedicado a satisfacerla. Pasan los minutos. La tarde parece llegar a la oficina, los objetos van quedando en penumbra y Ana, por primera vez en su vida, no corre gracias a sus pies, si no que se corre gracias a ellos. Bueno, y también a Roberto.
Exhausta se levanta y acaricia la cabeza de Roberto. Le da un ligero beso en los labios, se incorpora y se deja poner los zapatos. Se levanta y se dirige a la puerta, dejando a Roberto avivadísimo y entregado. Ana sonríe y, con la puerta ya abierta, le dice:
- Bueno, ya me llamarás.
Y sin darle la oportunidad de replicar, cierra la puerta y se va.
miércoles, 11 de junio de 2008
Cuitas de la intimidad
o
o
o
o
o
HACE UNA ESPLÉNDIDA TARDE DE DOMINGO. Ella se siente feliz y optimista. Se ha dado una ducha refrescante y se ha embadurnado con una colonia que lo es aún más.
Vaqueros desgastados, zapatillas de suelas despegadas y... ¡hoy no se pone sujetador! piensa mientras se aplica un poco de rímel en las pestañas.
Ha quedado con Fede Mantovani; ese excéntrico ítalo-español, amante de las pequeñas obras de teatro, las tapas, la nicotina y sobre todo de las mujeres con carácter.
A ella le vuelve loquita y además hace dos meses que no le ve; por tanto, deberá emplear toda la artillería pesada.
Coge el bolso, las llaves y cierra la puerta de su casa tras de sí.
La vivienda está silenciosa, ni siquiera el sonido de los relojes perturba el equilibrado sosiego, porque no existen. A ella no le gusta controlar el tiempo cuando está en su espacio.
De pronto, el primer cajón del sifonier de su habitación se abre como por arte de magia: un sujetador, blanco y de encaje, se sitúa de un brinco encima de la cama.
La delicada prenda se despereza estirando ampliamente sus tirantes:
- ¡Ésta hoy ha salido a matar, porque no se ha pasado a visitar el cajón en todo el día!
Un culotte colorado y contagiado por una varicela blanca, se coloca en el borde del cajón:
- Pues no te creas que lo tengo yo tan claro, porque se ha dejado a éste aquí.
Con aire distraído, mira de reojo al interior del cajón: un tanga tímido y menudo, de color gris y estampado de piel de serpiente, se asoma con sumo sigilo al exterior, tomando su puesto al lado de su llamativo amigo rojo.
- ¡Hijito!- exclama el suje-, cada día estás más canijito y consumido. Si al hecho de que ya eras así, le añadimos los centrifugados, un día te nos vas a quedar en el chásis.
- Bueno, ya sabes el contraste que imprimen las mujeres a la ropa interior según sus gustos; abajo no les hacemos falta, y arriba optan por las voluptuosidades.
El sujetador muestra con orgullo sus abombados rellenos y sonríe.
- Sí, sí... pero a la hora de la verdad, parece ser que lo natural tira mucho más -apunta la braga con ironía.
- Bueno, bueno... tampoco los culottes jugáis tanto protagonismo, pues tapáis demasiado-se defiende-, sois extraordinariamente aparatosos.
-Pero muy funcionales -declara-, somos como el mejor amigo que no traiciona sino todo lo contrario; mantenemos en su sitio las redondeces que se adquieren a lo largo del año, y no las dejamos en evidencia como el tanga. ¡Oh! discúlpame amigo, pero convendrás conmigo en que no siempre una mujer desea sentirse descubierta a la pasión, sino verse estilizada.
- Cierto, cierto -asiente "el pitón"-, hay días en los que los culottes aportáis calma y serenidad.
- Bueno -contraataca con énfasis la a-BRA-bada prenda-, gracias a nosotros, la mujer puede lucir las redondeces en sitios más estratégicos como los pechos. Y que no posee, de por sí, cuando se desentiende de nosotros...
- Ya claro, tampoco entiende mucho de "redondeces estratégicas" el individuo que se postra ante ella y los observa desnudos desde la fría lejanía abaldosada.
Si no fuera porque hablamos de trozos de tela tintados, se podría decir que el sujetador se está tornando más rojo que el culotte.
- ¡ A ti sólo te saca del cajón cuando está con la menstruación !
- Y tú eres un hipócrita mentiroso que no va con la verdad por delante...¡bueno por delante sí que vas!
- Te compró tirao de precio en las rebajas...
- Y tú le causaste tal agujero en el bolsillo, a pesar de ir acomodado en las tetas, que ni yo jugueteando con una aguja de ganchillo.
- ¡Vale, vale! -se hizo escuchar el tanga-, Amigos, seamos honestos; la mujer es hermosa por naturaleza, simplemente por el hecho de haber nacido como tal.
Cualquier hombre cuerdo, que se defina como amante de la vida y de sus rasgos más bellos, sucumbirá ante una mujer que muestra sin miedo sus cualidades, y ante eso no podemos hacer nada más que resignarnos.
- Cierto, sin duda alguna.
- ¡Ya lo creo que es así!
- Eso no quiere decir que nosotros no aportemos nada de sustancia a la salsa de la seducción y a la menestra de la practicidad, que acompañan al plato principal.
El culotte y el sujetador se miraron y sonrieron.
Nuevamente, el sonido de la puerta principal, seguido de una ruidosa tormenta de carcajadas y murmullos, les puso en alerta, haciéndoles regresar a su preciado espacio de madera.
Al cabo de cinco minutos el cajón se abrió, y nuestra protagonista introdujo a toda prisa un conjunto de braga y sujetador a rayas de colores. A continuación cerró el cajón, y no transcurrió mucho tiempo hasta que se pudieron escuchar las risas renovadas y los muelles de la cama.
Los nuevos visitantes se incorporaron enérgicamente y comenzaron a insultarse:
- ¡Papanatas!
- ¡Falso!
Ya ves -susurró el culotte-, para lo que les va a servir...Con suerte conseguirán que les de el aire entre semana.
El tanga y el sujetador asintieron.







