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Vivimos en un ático. En el de enfrente, hay un vecino que no tiene cortinas. Además, tiene dos costumbres arraigadas: no baja jamás las persianas y gusta de pasearse desnudo. Probablemente lo hace por estar más cómodo, aunque muchas veces busca, como quien parece que no lo hace, la presencia de mi mujer. Si la ve, muestra su cuerpo con estudiada lentitud, demostrando su agradecimiento con alguna que otra erección. A mi mujer le encanta mirarle: piensa que los hombres han nacido para ser vistos, mirados y admirados.
De este modo, algunas tardes de primavera y ciertas noches de verano transcurren triangularmente, y los ojos de mi mujer, mi lengua arrodillada acentuando su placer y el cuerpo del vecino hacen una perfecta simbiosis: ambos la servimos, ella es complacida y los tres somos felices.
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domingo, 22 de marzo de 2009
Ella mira
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jueves, 4 de diciembre de 2008
Pacto
Ella le pedía cosas; el las hacía. Él hubiera preferido que se las ordenara, pero ella era muy desordenada (hasta para eso). Finalmente, llegaron a un acuerdo: ella deseaba y él la satisfacía; a veces, adivinando sus pensamientos, otras, atendiendo sus propuestas. Ahora, ella manda más y él obedece mucho más.
Desde entonces, los dos disfrutan.
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miércoles, 22 de octubre de 2008
Espejo de verano
Cuando ella se desvestía, lo hacía con cuidado de que no pudiera verle; en el mundo de su capricho, él sólo podía desear descubrir accidentalmente, en un descuido, la fugaz visión de uno de sus pechos.
Por eso, al repasar juntos las fotografías de las vacaciones, él ambicionaba llegar a la playa, donde ella era aún una mujer desnuda.
Ahora, en el otoño tapado, entiende la exactitud de los pezones, la sonrisa de quien sabe va a ser admirada unos meses después.
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jueves, 25 de septiembre de 2008
Yo soy la flor
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Cuando ella llega del trabajo, busca en vano un ramo de flores. El jarrón siempre está lleno de aire indiferente. Y sin embargo, sonríe.
Deja el bolso en la entrada, se descalza y se tumba en el sofá. Pronto, un zumo de naranja moja sus labios, y unos dedos sabios recorren sus pies. Sonríe, porque es mejor ser la flor que tener flores.
La conversación es fluida, las palabras se derraman sobre la tarde. El placer la riega, el cariño le abona: ella es el jardín. Vuelve a sonreír.
Porque es mejor tener al jardinero que tener flores.
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