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Cuando apretara el botón, todo iba a cambiar. Mientras dirigía su dedo hacia el teclado, la Primera recordó cómo empezó la Idea.
Le acababan de despedir del trabajo, y a sus casi cuarenta años, le iba a ser complicado encontrar otro; no tenía muchos contactos, ni era especialmente inteligente ni hermosa. Era una mujer normal, en un mundo hecho por y para el hombre. Sólo una mujer en su situación podría entender la inmensa frustación de tener que sobrevivir en una sociedad cada vez más torpe e ineficiente. Las mujeres como ella no tenían muchas salidas, y se encontraban en un círculo del que no podrían salir.
Ése fue el germen de la Idea: el círculo. Había muchas mujeres insatisfechas, inquietas y malhumoradas, pendientes de las decisiones de los hombres. A veces, se reunían de forma casi inconsciente, y se despachaban de lo lindo sobre cómo estaba todo montado. Bien, eso tenía que acabarse, y el mejor modo era dejar de lamentarse y comenzar a actuar, creando círculos de mujeres que, poco a poco, arrebataran el poder a los hombres. Para ser operativos, estos círculos tendrían que ser de tres mujeres y un hombre; tres mujeres para sentirse en mayoría, unidas y seguras, y un hombre que se reuniera con ellas y aprendiera a respetarlas, servirlas y complacerlas. Quedarían una vez a la semana los cuatro, y discutirían el mejor modo de lograr la primacía femenina.
No había que olvidar el lado práctico: cada mes, el hombre atendería durante una semana a una de las mujeres del círculo, haciendo las tareas domésticas, prodigándole masajes y caricias y cualquier otra cosa o capricho que la mujer precisara. Una semana al mes quedaría libre de compromisos: el tiempo justo para desear volver a servirlas de nuevo.
A su vez, cada mujer crearía dos círculos más, con lo cual, además de estar atendida tres semanas al mes, expandiría los círculos progresivamente. Si todo iba bien, en poco tiempo habría decenas, cientos y miles de círculos, imponiendo con firme suavidad una nueva era ¿El hombre iba a prestarse a todo esto? Que así fuera era imprescindible y absolutamente natural. Siempre había sabido que los hombres habían nacido para complacerlas, sólo había que enseñarles.
No le sorprendió que los círculos se extendieran con rapidez. Ahora, justo en el momento que va apretar el botón que enviará miles de mensajes, sonríe: es la contraseña, la palabra clave que llevan esperando millones de mujeres para iniciar la revolución. Nada podrá pararlas.
Ya pasó todo. Hoy, el Primero plancha con delicadeza su ropa, mientras ella está fuera del hogar, de fiesta con sus amigas.
Y sin embargo, tras tantos meses de preparación, todo depende tan sólo de apretar un botón. “Qué sencillo es todo” -se dice, sonriendo para sí-, “y que difícil nos parece hasta que lo hacemos”. Sin más, pulsa el intro, y en ese instante, la vida también sonríe.
viernes, 29 de agosto de 2008
Un millón de círculos
sábado, 23 de agosto de 2008
De mini-vacaciones, órdenes y deseos
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Este fin de semana, mi dama se ha ido a una localidad costera del Levante, a pasar unos días en un apart-hotel con dos amigas. Tanto ella como yo, de vez en cuando, viajamos por nuestra cuenta. Pensamos que en una relación es sano tener cada uno su espacio, y la confianza mutua es fuerte y cómplice.
Cierto es que si yo salgo de viaje he de procurar dejarle hechas varias comidas, y que me esperan al llegar varios turnos de lavadora extra; del mismo modo, cuando es ella la que viaja, soy el encargado de hacerle la maleta, reservar el hotel y cuantas cosas hagan falta en su viaje, además de gozar de algunas tareas extraordinarias, como hacer una limpieza a fondo o pintar el piso: a ella le encanta encontrarse un cambio tras el viaje, y saber que me he ocupado en satisfacerla mientras ella se divierte.
En esta ocasión, no me ha dejado ninguna instrucción en especial; muchas veces es así. A ella no le gusta decir siquiera “hay que limpiar” si no que, cuando lo piense, ya me haya encargado yo de limpiar. Esto no quiere decir que siempre sea de la misma forma: cuando ella desea algo que yo no le ofrezco, simplemente lo pide. Sin distanciamiento, con cariño. Sabedora de que voy a hacer todo lo posible por llevarlo a cabo.
Porque no pensemos que se trata de adivinar sus deseos, ni de adelantarse a ellos: sencillamente, hay que cumplirlos. No importa que salgan de mí o de ella: una relación de dominación femenina se basa en satisfacer a la mujer, no en recibir sus órdenes. Estar todo el día dirigiendo la vida a un hombre es aburrido, recibir su entrega es cómodo, y es el confort de nuestra dama el premio que ansiamos obtener.
Por eso, un adorador que se precie, ha de ser un hombre activo y dispuesto, que parte siempre del principio que, cuantas menos órdenes, mejor. Y sobre todo, hemos de ofrecernos voluntarios, y desde nuestra libertad, ofrecernos; ella ha de ser consciente de nuestro placer en complacerla, que superamos barreras y convencionalismos con el feliz fin de hacerla dichosa, muy dichosa.
Esta forma de pensar hace subir enteros la complacencia de la mujer, a la par que la predispone a subir los niveles de exigencia. Esto es algo totalmente lógico: si ella ve que cumples con tus tareas y obligaciones de un modo natural, te recompensa demandando más compromiso y dedicación por tu parte. Sí, amigo, es la puerta del paraíso.
Poco a poco, va creciendo en ella el gusto por dominarte, por obtener del árbol de tu entrega los frutos de su bienestar... Y siempre quiere un poco más.
Y es que primero, la mujer prueba. Luego, comprueba lo agradable que es, y guía sabiamente tu adoración hacia ella, hasta que la relación de dominación femenina se naturaliza y sus deseos afloran con facilidad. A esas alturas, ya sabes que tu único deseo es amoldarse a los suyos, sin excusas ni retrasos: no recibes órdenes para cumplir, entregas deseos cumplidos.
Atrás quedan las órdenes, es la hora de la lluvia de deseos.
miércoles, 20 de agosto de 2008
Jugo de verano
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Saboreo con intensidad la última cucharada de mi yogur y me dirijo a la cocina ¿Dónde estará mi adorador?
Me muevo por la casa como una resbaladiza comadreja; le hallo en el cuarto de baño. Me gusta la escena: arrodillado en el suelo y dándome la espalda, intuyo lo que hace. El sonido del agua y el envase de detergente de lavado manual le delatan. Su íntegra desnudez también.
-Hola, tesoro ¿qué haces?
-¡Hola, mi reina! Lavo tu ropa interior.
-Ahá...me gustan mucho los pétalos de hortensias que has puesto en el cajón...
-¿De verdad? Me alegra que te gusten, era momento de cambiar.
-¿Tienes sed?¿quieres que te traiga algo?
-Me apetece algo de naranja... un zumo o un refresco... si fueras tan amable...
-¡Claro que sí!
Regreso a la cocina, cojo una naranja del frutero y un cuchillo, vuelvo al baño.
-Cariño, mañana podías ir a la peluquería y pedirme hora...¡tengo unas raíces ya!
-Claro, mi reina.
-Y después pasarte por el súper y traer yogures. Se han acabado ¿Has pagado la comunidad?
-Hace una semana mi vida.
-¡Dios!-exclamo con un nudo en el estómago mientras mi adorador se detiene momentáneamente en su labor para mirar hacia atrás-¿se ha tomado el perro la desparasitaria de este trimestre? ¡Mira que nos mandó el e-mail la veterinaria!
Sonríe levemente y no por el hecho de que el perro ya haya tomado su pastilla hace cuatro días, sino porque observa cómo troceo en dos mitades la fruta; vuelve a dirigir su atención al barreño y a su contenido.
-Tranquila, mi princesa; está ya hecho.
-¡Uf! menos mal (me bajo los shorts y el tanga para después quitármelos y dejarlos en el suelo).
Levanto la tapa del bidé y pongo el tapón, después abro el grifo para que el agua templada llene el sanitario.
-Cariño ¿podrías prepararme mañana tortitas para el desayuno? hace un par de días que tengo el antojo, pero al final siempre se me olvida decírtelo.
-¿Con nata o con miel?
-¡Mejor con mermelada! Aunque con la mermelada... ¡pegan más los gofres!
-Pues no hay gofres... tendré que bajar luego en un momento antes de que cierren, aunque esto ya está terminado.
-¡Ah! pues si bajas trae ya los yogures... también podías traer un poco más de chocolate, me comí el poquito que quedaba ayer (me siento en el bidé y procedo a asearme mis intimidades).
-De acuerdo, cariño. ¿Quieres tu jabón?
-Oh sí. Gracias, corazón.
Cojo el bote y procedo a enjabonarme la vulva el perineo y el ano. A continuación, retiro con meticulosidad toda la espuma.
-Cariño...
-Dime, reina.
-El zumo está a puntito...
Cojo la mitad de la naranja y me incorporo sin secarme. Mi adorador se aproxima de rodillas hacia mí y con su lengua recoge todas las gotitas de agua que se deslizan por mis gemelos, muslos e ingles. Cuando se aproxima al sexo, le retiro la cara para exprimirle la naranja en su boca.
Repite la operación, bajando hacia el suelo de nuevo y volviendo a subir. Esta vez, cuando llega a la entrepierna, me doy la vuelta para que, desde delante y hacia atrás, seque mi perineo y mis nalgas.
Levanto mi brazo en el aire con la otra mitad en la mano. Me ve y se separa de mi cuerpo, abriendo su boca. Vuelvo a apretar la fruta y algunas gotitas caen en su boca; otras en su torso y otras en el frío suelo.
-Bueno cariño, si quieres más, ve a la nevera... aunque creo que no hay. Igual tienes que comprar ahora cuando bajes.
-Sí... sí, mi reina.
Le doy un beso en los labios, le acaricio el pelo y me voy al salón. Ya desde allí, y con el libro abierto recuerdo y grito: ¡Tesoro, compra también unas latas de atún! ¡Y por favor, coge mi ropa del suelo y métela a lavar!
sábado, 16 de agosto de 2008
Pewnie
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INGREDIENTES:
- Una tableta de chocolate negro especial para repostería (utilizar onzas al gusto).
- Azúcar (al gusto, por si se desea endulzar más).
- Helado de vainilla (al gusto una vez más).
- Un adorador desnudísimo y dispuesto a complacernos.
PREPARACIÓN:
1. Derretimos el chocolate al baño maría.
2. Nuestro adorador ha de tumbarse encima de la cama: desnudo, con el sexo completamente depilado y con una toalla debajo para no manchar las sábanas.
3. Dejaremos que el chocolate se enfríe un poco (no demasiado).
4. Verteremos el chocolate sobre el sexo, dejando que el líquido manjar se amolde a las formas específicas e inigualables de “nuestro sexo”.
5. Lo dejaremos enfriar, ahora sí, el tiempo que nos plazca hasta que se solidifique el chocolate (podemos acelerar el proceso abanicando, soplando o produciendo aire con algún utensilio).
6. Colocaremos dos bolas de helado de vainilla en los testículos, aunque, si os gusta mucho el helado, podéis recubrirlo entero de helado (esto también puede ayudar a enfriar el chocolate).
SUGERENCIAS:
Podéis completar con sirope de caramelo o de chocolate (no sólo en el sexo ;-)
También es divertido observar las reacciones del adorador durante la preparación del pewnie, no os las perdáis.
¡El chocolate negro no engorda y está lleno de beneficiosas propiedades para el organismo (mínimo un 70% de cacao)... el pene y los testículos ¡también!

